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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Simón, la ciencia y la fe

Los colegios médicos le han puesto la proa a Fernando Simón, que también es galeno y desde marzo viene portando la voz de la autoridad sanitaria al mando. El ministro del ramo ha dicho ‘nanay’ a su petición de que el director del Centro de Alertas sea destituido; pero aun así parece haberse abierto una discordancia entre científicos.

A Simón lo admiraba o censuraba el público por razones que, en general, poco tienen que ver con la ciencia. Simplemente, a muchos les resultaba simpático, serio y tranquilizador; mientras que a otros les producía la impresión exactamente contraria. Cosas de la tele. Ahora se trata de una crítica profesional, lo que acaso suponga un cambio cualitativo.

Sabido es que los políticos, los plumíferos, los tertulianos y en general los paisanos del común son -somos- gente profana que habla de todo sin la necesaria cualificación para hacerlo. Nada que ver con los hombres de ciencia, que emiten sus opiniones con el debido respaldo de títulos e investigaciones.

En este aspecto, la ciencia le ha tomado, por fortuna, el relevo a las religiones que ahora se baten en retirada. Incluso en el vocabulario.

A los particulares que no forman parte académica de una determinada rama del saber se les llama, en efecto, profanos, que es palabra de vieja raíz religiosa. Un profano era antiguamente aquella persona que no servía a usos sagrados; o por decirlo de otro modo, un seglar. Pero también lo es, desde el punto de vista científico, alguien que carece de conocimientos o autoridad en una materia.

Puede que los científicos hayan asumido a ojos de la feligresía el papel que tuvo la casta sacerdotal, aunque esto requiera de muchos matices. Es lo cierto, aun así, que para muchos la ciencia ha pasado a ser una cuestión de fe, como los antiguos credos.

De ahí que los gobernantes tiendan a resignar en los sabios -etiquetados como “expertos”- las decisiones sobre asuntos que competen a su ramo. Tal ocurre con las cuestiones sanitarias en la epidemia que no para de afligirnos desde hace meses.

Ahí se encuadra, probablemente, el caso de Simón, vituperado como Don Simón por quienes lo detestan y ensalzado como el Doctor Simón por los que le tienen ley.

Se le reprocha al director de Alertas que haya dicho en ocasiones una cosa y su contraria. No estuvo muy acertado, desde luego, al calcular en los comienzos de la pandemia que apenas habría unos pocos casos en España. Tampoco ayudó gran cosa su cambiante opinión sobre la conveniencia de usar o no mascarillas. Y menos aún el lío con las cuentas de infectados y fallecidos; por más que esto último haya que achacarlo a los contables del ministerio y de los reinos autónomos.

Nada que no haya ocurrido, en todo caso, con otros epidemiólogos que asumieron la portavocía contra el bicho en distintos países de Europa. En el Reino Unido y Suecia, por ejemplo, los asesores cambiaron radicalmente de opinión a medida que avanzaba la epidemia; y ahí siguen, dando doctrina.

Lejos de restarles mérito, lo que estas mudanzas de criterio revelan es que todos ellos actuaron bajo el principio de prueba y error característico de la ciencia. Otra cosa es que los políticos pretendan convertir el saber académico en una mera cuestión de fe. Aunque los científicos hagan a veces milagros, no sería prudente mezclarlos con el negociado de los santos y las vírgenes prodigiosas.

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