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Francisco García Pérez opinador

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

El optimista pesimista

Cinco píldoras para tiempos turbulentos

Ahora que nos gobiernan o se oponen o se mocionan o se censuran o siguen rascando donde no pica estos colosales estadistas prodigiosos y ciclópeos tribunos parlamentarios de Champions –estos “políticos de cuarta”, quiero decir, como los tildó con acierto un columnista−, me viene del recuerdo una frase de Churchill: “No es suficiente con hacer lo mejor que podamos. A veces, debemos hacer lo que se requiere”.

En la prehistoria, pedías un “gin-tonic” −sigo la ortografía del Diccionario de la Lengua Española que edita la Real Academia, o sea, el DLE− y te lo servían. Si querías presumir, añadías la marca de la ginebra, pues tónica no había más que una. Gracias a un anuncio de un suplemento dominical, me entero de cómo va la cosa ahora. Y me estoy aprendiendo la lección, por si se diera el caso. Miraré vaga y nostálgicamente −soy muy peliculero− al ‘barman’ o ‘barwoman’ y le espetaré que quiero un gin-tonic con presencia de aromas balsámicos o de cereales malteados, notas de fruta blanca y cilantro y bergamota o picantes, fondo floral y yodado, final herbáceo o acaramelado, entrada suave y elegante, matices cítricos y terrosos, paladar untuoso, textura sedosa, puntas de jengibre, carácter tropical y cítrico, fuerte personalidad, recuerdos vínicos, sabor sedoso y posgusto. Igual me cobran cincuenta euros, pero ¿qué no pagar para fardar con tanta tontería?

Hace ya más de quince años, un analista o terapeuta me mostró en la consulta una foto de un paisaje con todos los tópicos primaverales juntos: verdes prados, bellas flores, casita, vaquitas, una cascada, niños retozando junto al transparente río, pajaritos, azul de cielo y cielo azul… El doctor me pidió que se lo describiera. Como pasaba yo una depresión de aúpa, lo resumí en una sola oración: “La chimenea de la casa está rota”. Era lo único que acertaba a ver. Recordé aquel mi túnel mental viendo la peli “Ad Astra” cuando dicen una frase que hoy copio aquí para quien no sepa aprovechar lo bueno si lo hubiese en estos tiempos de tanta tribulación: “Solo veía lo que no estaba allí y no veía lo que tenía delante”. Ánimo.

No obstante, si desean ustedes máximas o sentencias en medio de esta turbiedad, ahí va el inevitable proverbio chino: “Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees”. ¿Que no les basta? Escuchen a mi colega Doug Larson: “El optimista cree que este mundo es inmejorable. El pesimista teme que así sea”.

Una periodista de cierta tele pública da los resultados de hockey sobre patines y menciona a un equipo cuyo nombre pronuncia de modo comiquísimo, en tres palabras distintas y un solo error verdadero: el Cerdán y Ola. Quiere, al parecer, referirse al Cerdanyola, cuya pronunciación en catalán se acercaría a algo así como Sardañola (de hecho, la Wikipedia registra el nombre en castellano de la población como Sardañola del Vallés). Ya lo sé, ya lo sé: tampoco mi pronunciación inglesa es impecable, por ejemplo. Pero, caramba, si soy un profesional de la comunicación, si cobro de ello y debo servir al contribuyente, habría de asesorarme, de preguntar, de informarme. No para pontificar sobre la neutralización de vocales átonas o la velarización en lengua catalana u otros melindres filológicos y pejigueras lingüísticas (que para eso estamos los viciosos como yo). Pero, al menos, para no llamar Cerdán y Ola a un municipio que alberga la Universidad Autónoma de Barcelona, no son cuatro gatos. Díganme: ¿qué escándalo no se armaría en el resto de España y que zascas no le sobrevendrían si un periodista profesional catalán marcase la pronunciación de las localidades de Al y Cante, Ab y La o Seb y Ya, Sarag o Sa, Ob y Edó, separando bien las tres palabras? (A ver cuánto tarda el memo de turno en desatinar llamándome separatista o proindependentista o cualquier necedad semejante, cualquiera menos amante de la lengua y del rigor periodístico).

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