Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Las elecciones norteamericanas: toda una lección para la democracia

Una buena parte del mundo habrá respirado aliviada después de que se conociese la victoria electoral del nuevo presidente de los EE UU, una victoria que su oponente, Donald Trump, se ha negado a reconocer, alegando un supuesto fraude electoral. Estos largos cuatro días en los que se han estado contando los votos, nos han brindado una magnífica ocasión para tomar conciencia de lo que significa la democracia; una lección que no debiéramos poner jamás en el olvido.

¿De qué tendríamos que tomar, pues, conciencia? De los valores esenciales consustanciales a toda sociedad democrática, y de lo que son simples medios al servicio de aquellos fines más elevados. Si confundimos una cosa y la otra, los fines con los medios, las consecuencias en ocasiones pueden ser fatales. Veamos pues una cosa y la otra.

Entre los valores democráticos fundamentales e irrenunciables estarían en primer lugar los Derechos Humanos y la garantía de la libertad de expresión en el marco del respeto a aquellos derechos. Toda democracia precisa asimismo que se favorezca el pluralismo, y que se establezcan las garantías y los cauces necesarios para la libre expresión de las demandas ciudadanas, y para el libre acceso de quienes pretendan alcanzar el poder legítimamente. No puede existir tampoco democracia sin división de poderes, sin lo cual el poder no puede frenar al poder, la ambición contrarrestar la ambición. Ahora bien, todo ello de nada valdría si las personas no creen en esos valores ni en las instituciones que los amparan. Todas estas condiciones son esenciales para la democracia, lo que significa que si se pone el acento en alguna de ellas prescindiendo de las demás, la democracia se debilita.

Sin embargo hemos asistido en las últimas décadas, especialmente desde la llamada Gran Recesión de 2008, al encumbramiento del pueblo, en nombre de una pretendida soberanía popular elevada a principio primero y último de la democracia. Todo ello coincidiendo con el acentuando individualismo presente en las sociedades occidentales desde hace ya algunas décadas. Si cada individuo se considera soberano y libre, sin más límite que los de su propia soberanía, y si, en el contexto de una gran crisis económica, quienes se presentan como los salvadores del pueblo, apelan a él para emanciparlo de quienes lo corrompen, el resultado es el populismo, que opone la pureza del pueblo, libre y soberano, a la impureza de quienes lo han gobernado o han apoyado a dichos gobernantes. Que el populismo sea de izquierdas o de derechas no debiera confundirnos, y sin embargo a cuántos ha confundido. Una confusión que ha generado el desprecio más atroz a las instituciones y a los valores que encarnan la democracia, en nombre de un valor superior, el del pueblo, que representaría una verdad mayor ante las que las demás palidecen.

Si los EE UU, la más antigua y mayor democracia del mundo, ha podido sobreponerse a todo ello es porque sus instituciones están tan arraigadas y son tan firmes que ningún populismo ha podido derribarlas ¿Y si ello sucediese en otro lugar en donde la democracia estuviese menos asentada?

*Profesor de Sociología

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats