La falta de arrestos de aquellos vocales para rebelarse contra la intolerable y pública injerencia del ejecutivo acrecentó la pérdida de credibilidad del CGPJ ante la sociedad, los medios de comunicación y la propia Carrera Judicial. Me temo que, en el fondo, a aquellos veinte hombres sin piedad tal deterioro les importaba bien poco; en su jerarquía de valores, estaba el sillón por encima de cualquier otra consideración. Parafraseando a Alain, podría decirse de ellos que no pensaban en otra cosa que en asentarse sólidamente en el círculo de la llamada “cúpula judicial”, y solo por eso revelan ya unos intereses contrapuestos a la justicia.

Al final, aquella docilidad agravió al Poder Judicial. Su independencia quedaba públicamente en entredicho. Los vocales electos abdicaron de su deber en un momento en el que era necesario hacer valer y defender aquella independencia frente al exceso prepotente y la codicia del poder ejecutivo, al que no pusieron freno alguno. Por eso resulta grotesco oír ahora a algunos de aquellos vocales negar la existencia de politización de la cúpula del Poder Judicial o llamar a la defensa de la independencia judicial o decir que las instituciones deben ser protegidas. A buenas horas mangas verdes. Sorprendente ejercicio de intrépido cinismo de quienes en su día consintieron y callaron. Es ahora cuando debían guardar silencio. Al final, se hacen verdaderas las palabras del protagonista de la novela El proceso, de Kafka: “La mentira se convierte en el orden universal.”

De todo cuanto llevo dicho hasta aquí, debo señalar la excepción que supuso la constitución del actual Consejo, en el sentido de que, frente a los usos precedentes de candidatura oficial única a la presidencia (a veces aprobada por mansa unanimidad), la votación hubo de dirimirse entre dos candidatos: Carlos Lesmes, calificado por algunos medios como el candidato “oficial” del Ministerio de Justicia (Gallardón), y Pilar Teso, propuesta por vocales del sector progresista. Resultó elegido Lesmes con dieciséis votos; cuatro votos “disidentes” fueron a la otra candidatura.

Y bien, llegan tiempos de renovación. Vendrán nuevos vocales, mujeres y hombres nuevos, y nueva presidencia. Deseo, como lo harán miles de jueces, que llegue la hora de la regeneración ética y que una savia vivificadora y restauradora devuelva al órgano de gobierno de los jueces un prestigio gravísimamente degradado. Me inquieta, sin embargo, el recuerdo de que a la esperanza que abrigué en otras ocasiones siguió la más honda decepción.

Un primer barómetro puede ser, precisamente, la elección de quien haya de presidir el futuro CGPJ. Aunque no puedo olvidar el ominoso episodio Cosidó, quiero confiar en que queden desterradas viejas costumbres y los vocales recobren, con ademán brioso de gallardía y dignidad, el protagonismo que les corresponde. Sí, lo sé; los habrá que me tachen de cándido; tal vez tengan razón porque la experiencia ya no deja espacio para el aliento. Pero sí, soy cándido, es más, debo serlo porque anhelo un buen candidato en el sentido etimológico de la palabra. Como es sabido, cándido viene del latín “candidus”, que significa blanco. Y de ahí el vocablo candidato; en la antigua Roma quienes se postulaban para algún cargo público vestían túnica blanca que los identificaba de entre los otros ciudadanos, pero a la vez se significaba que estaban limpios, y de ellos se esperaba pureza y honradez. Curiosamente, de la misma raíz (candere) vienen términos como candente, incandescente, que es tanto como ardiente, enrojecido por el fuego. Pues bien, yo soy un cándido que arde en deseos de contar con candidatos de apasionada, ardiente y candente honestidad. Y dejo ya el excurso que el paciente lector sabrá disculpar.

Quiero confiar en que se apueste para la presidencia por persona, hombre o mujer, dotada de sabiduría –en el sentido de la “frónesis” griega– con “auctoritas”, y, por tanto, respetada en la Carrera Judicial, sin vinculación o adherencia alguna a formaciones políticas, ni antecedentes en el desempeño de cargo político de designación en gobiernos anteriores, que no aspire a capitanear facciones dentro del Consejo, sino que sea capaz de aunar voluntades, árbitro en la disidencia, respetuoso con la dignidad de la función judicial, sin afrentoso apego a palos y zanahorias, comprometido seriamente con la mejora de la justicia y decididamente valeroso a la hora de defender y alzaprimar la independencia del Poder Judicial. ¿Una utopía? ¿Un sueño? No, no lo es. Y si lo fuese, no importa, porque la utopía, aunque no se alcance, nos marca el camino.