Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Julio Picatoste

Un presidente para los jueces (I)

Con la finalidad de despojar al Gobierno de las competencias que hasta 1978 tenía sobre los jueces, la Constitución incorporó la figura del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), uno de cuyos objetivos primordiales era el de garantizar la independencia de la administración de la justicia. Hasta aquí, la Constitución. La realidad, sin embargo, ha sido otra. La voracidad del poder político, por una parte, y la avidez arribista de algunos, por otra, han jugado en contra de los designios de la Carta Magna. Algunos hombres y algunas mujeres, llegada la hora de su elección como vocales de aquel flamante órgano, han antepuesto otros intereses a la salvaguarda y custodia de la independencia del Poder Judicial. Eso de la independencia queda bien como atavío de una oratoria al uso, palabrería de soflama, altilocuencias de salón. Pero obras son amores y no buenas razones. Sería interesante -y divertido a la vez- elaborar un repertorio taxonómico de especies, variedades y tribus de fariseos dados a utilizar, como ropaje falsario y embaucador de sus discursos, las palabras libertad, justicia, verdad, patria, pueblo, etc.

Con profusión se ha hablado estos días acerca de la modificación del sistema de elección de los vocales del CGPJ y de la situación de bloqueo en la que este se encuentra por causa de un nada ejemplar incumplimiento de la Constitución por quienes gustan de proclamarse constitucionalistas. Y es que, como ha dicho recientemente Emilio Lledó, hay mucho “patriotismo de trapo”. Ahora, el ministro de Justicia nos transmite un mensaje de esperanza al decirnos que en un plazo razonable se dará cumplimiento efectivo al mandato constitucional. Vamos a creerle.

Sin duda, la renovación y el método de designación de los vocales son cuestiones de la máxima importancia. Pero la atención que ambas han demandado solapa otro asunto de no poca monta sobre el que ahora mismo nada se dice. Tal vez ocurra que, después del nauseabundo “cosidazo”, sea, de momento, tema deliberada y estratégicamente orillado. Pero si efectivamente, como dice el ministro, estamos en el umbral de la renovación del CGPJ, conviene ir templando velas y cuerdas, porque al nombramiento de los vocales seguirá la designación de quien haya de presidir tan vapuleado órgano.

Empecemos por hacer votos para que no se repita la comedia habitual; deseamos que las cosas se hagan como es voluntad de la ley. Es decir, que el presidente del CGPJ surja realmente de la decisión libre y democráticamente adoptada por los vocales electos. Dicho con otras palabras, que aquel no venga ya predesignado o persuasivamente teledirigido desde el ejecutivo o por acuerdo emboscado de las fuerzas políticas, urdido a puerta cerrada, al que los vocales se limitan a prestar adhesión. Porque eso es lo que ha venido ocurriendo, por más que tal añagaza se hubiese cubierto con un velo de pudorosa discreción. No la hubo, sin embargo, en el caso de la designación de Carlos Dívar como presidente, y por eso el escándalo fue mayúsculo, porque con desenvoltura y descaro se exhibió la perversión del sistema. Conviene avivar el recuerdo para evitar la reincidencia, sobre todo en estos tiempos de “cosidazos”, afrentas y tormentas.

Remontémonos a los días de constitución de aquel CGPJ que inició su mandato allá por septiembre de 2008. Según establece la Ley Orgánica del Poder Judicial (art.586.2 y 3), es competencia de los propios vocales la elección del presidente de entre las candidaturas presentadas por aquellos. La pulcritud, transparencia y seriedad del procedimiento han de ser, por lo tanto, máximas. Nada de esto aconteció en aquella infausta ocasión. Sucedió en su lugar que, antes de que los miembros del Consejo procedieran a la elección de su presidente, el que lo era entonces del gobierno, Rodríguez Zapatero, anteponiéndose a aquellos y con inaudito desprecio de la ley, había ya proclamado a los cuatro vientos mediáticos el que -escogido por él- sería presidente. Y con igual desparpajo así lo participó al líder de la oposición, Mariano Rajoy. Fue aquel un gesto tan exhibicionista como absolutista. Obviando ahora otros pasajes y peripecias, diré que, efectivamente, llegado el momento, los veinte vocales, a un solo golpe de batuta, todos a coro, dieron la misma nota, la que correspondía según la partitura previamente escrita en la Moncloa.

La impudicia de aquella sumisión colegiada proyectó ante todos la imagen de un Consejo dócil, de voluntades marchitas, plegado al deseo e interés del poder ejecutivo. Sin rechistar, aquellos veinte vocales, a la vista de todos, se limitaron a acatar una decisión que el presidente del gobierno acababa de usurparles; la sociedad, estupefacta, no daba crédito. Aquella desmesura no tenía precedentes. La paradoja era monumental: la institución a la que precisamente viene encomendada la salvaguarda de la independencia del Poder Judicial, se estrenaba con un gesto coral de allanamiento al apetito y provecho del poder ejecutivo. Complacientes con el poder, desdeñosos con Montesquieu.

No hay más que volver la mirada a la prensa de entonces para comprobar el escándalo y, por ello, el menoscabo que se estaba infligiendo al Poder Judicial. Pocas palabras más acertadas que las del recordado Santos Juliá para calificar lo ocurrido. Escribía por aquellos días en su artículo “Amén”: “…tanto descaro al recordar a cada uno de los miembros del Consejo quién manda aquí; (…) tanto desprecio a la opinión que asiste atónita a la rendición de la clase judicial sin nadie que levante una voz contra esta farsa (…) No se explica, la verdad, que el presidente del Gobierno se reúna con el jefe de la oposición, lleguen a un acuerdo sobre la persona que será nombrada presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ y lo pregonen a los cuatro vientos para que ninguno de los nuevos consejeros con ínfulas de independiente se llame a engaño: la primera competencia que la Ley Orgánica del Poder Judicial les atribuye (…) ha sido objeto de mofa por la pareja que les ha nombrado. Eso, para que los nuevos consejeros vayan aprendiendo, si es que les quedaba algo por aprender.”

Aquellos vocales, que yo recuerde, guardaron silencio. Nada dijeron. Pero eso sí, una vez instalados, algunos de ellos se apresuraron a plantear una subida de sueldo. Sin comentarios.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats