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Alfonso González Jerez opinador

Licencia para encantar

Hay actores que salen de sí mismos para ir a buscar a sus personajes, pero hay otros que no deben moverse: son los personajes los que resultan subsumidos en un carisma irresistible. Caminan –digamos– con los ojos cerrados hacia el intérprete. Sean Connery jamás necesitó dar un paso: los papeles, buenos, malos y regulares, buscaban la sombra de su metro noventa y le comían de la mano. Era pura intuición afilada en las durezas de un arrabal. Por supuesto que tuvo suerte, pero la exprimió al máximo. Es curioso que su mayor golpe de fortuna fuera encarnar al agente James Bond. Se antoja comprensible que Ian Fleming haya puesto el grito en el cielo cuando se enteró. El novelista prefería, por ejemplo, a Cary Grant. En Doctor No y Desde Rusia con amor a Connery se le notaba un poco el pelo de la dehesa. Pero no venía mal, porque esa rudeza entre amenazante y socarrona podía ser tomada por una pizca de cruel indiferencia. Más adelante aprendió a afeitarse mejor y a moverse con más cuidado y ya Bond quedó perfecto haciendo de Sean Connery.

Se decidió a crecer y lo hizo. Pero su método actoral no cambio sustancialmente. Nunca. Esperaba al papel, que sin duda, inevitablemente, terminaría por acercarse, no como una revelación, sino como una presa fascinada. Bastaba con escuchar su voz. Su manera de autentificar sus personajes –de concederles proyección y verosimilitud– era su voz. Su poderío físico hacia el resto. No se trataba de triunfar simplemente por sus atributos anatómicos. Después de ser 007 solo si eres un buen actor puedes interpretar a un monje medieval, a un policía en el Chicago de Al Capone o al padre de Indiana Jones sin que recordemos, ni por un momento, a James Bond. Solo que era él el que mandaba, no el personaje. Mandaba, muy a menudo, para perder.

Porque, al contrario de lo que le ocurría a Bond, que fulminaba malvados y bragas, los demás personajes de Connery perdían a menudo. Jim Malone era asesinado sin piedad. Guillermo de Baskerville descubre inútilmente al cerebro criminal que corrompe y ensangrienta la abadía. Roberto Campbell no puede evitar la destrucción de la selva en Los últimos días del edén. En la hermosa Robin y Marian –quizás la última historia de amor clásico del cine – es un viejo héroe que vuelve de una guerra inútil, derrotado por el dolor y la nostalgia, para descubrir que su amor sigue vivo, pero ya no le puede salvar. William Forrester volverá a contactar con un ser humano, y esa amistad quizás lo redima, pero no podrá volver a salir de su apartamento: lo consigue una vez, pero está a punto de morir.

Todo lo demás, por supuesto, es completamente prescindible. Esa entrevista en la que afirmó, ya muy talludito, que a las mujeres histéricas les viene bien una hostia, sin que se conozca la mínima prueba de que llegara a materializar la animalada, o su militancia en el Partido Nacionalista de Escocia, para el que soltó muchos miles de libras y ofreció algunas intervenciones públicas, sin que eso le impidiese vivir en las Bahamas para no pagar impuestos en Europa o en los Estados Unidos. Una cosa es ser un patriota y otra pasar los inviernos en la lluviosa Edimburgo y apoquinar más de un tercio de sus ingresos en el Reino Unido. Nada de eso tiene importancia para un artista que forma parte de la imaginación cinematográfica de cientos de millones de personas de tres generaciones. Porque el talento, la belleza, el carácter moral o las ideas políticas están en la vida como el martini seco tal y como le gustaba a James Bond. Shaken, not stirret: agitado, no mezclado.

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