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Francisco García.

Billete de vuelta

Francisco García

Día de Difuntos de 2020

Cuántas veces, de niños, ocupábamos la mañana del Día de Todos los Santos escudriñando lápidas y tétricos panteones, con las manos al calor de un cucurucho de castañas asadas o un boniato, imaginando cómo fue la vida, en base a una vieja fotografía o una frase, de quien aguarda que la tierra le sea leve. En una de las tumbas de granito se podía leer una inscripción turbadora: “Aquí yace el sargento Elías Alonso, asesinado por las hordas marxistas en febrero de 1937”. Estaba cerca del sepulcro donde reposan mis abuelos. Años después supe que a los muertos del otro bando no les dieron en el pueblo opción a idéntico memorándum.

Hoy, 1 de noviembre de 2020, primer año –ojalá que el último– de una terrible pandemia, los cementerios, esqueletos inmensos de los siglos pasados que diría Fígaro, se han convertido en lugares de llanto de aforo limitado, donde no caben ni besos ni abrazos; donde el sentimiento de pérdida se esconde al resguardo de una mascarilla. Buen día, el de hoy, para releer a Larra y su apabullante artículo del Día de Difuntos de 1836, retrato mortuorio de una España también en decadencia, sumida en el despropósito, huérfana de mando, ayuna de progreso, empeñada en mantener el aliento de sus viejas cuitas. Cementerios eran entonces, escribió el trasunto del maestro de articulista, “osarios donde mezclados y revueltos duermen el comercio, la industria y el negocio”. Tal que ahora, si Larra hubiera añadido la estacada al sector de la hostelería.

Y los teatros, por el miedo a la expansión del virus, prácticamente vacíos: “Aquí reposan los ingenios españoles. Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción”. Amén.

Buen día también el de hoy para reeditar una versión pandémica del Tenorio, con un Don Juan ataviado de presidente del Gobierno y una doña Inés sin cofia de novicia y con coleta, turbada y seducida por las lisonjas. Y que, sin que el galán seductor lo sepa, esconde un puñal en la liga.

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