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Julio Picatoste

Uso de razón

El único ser consciente de la muerte – de su propia muerte– es el hombre. No hay otro ser viviente en el planeta que sea anticipadamente conocedor de su propio y seguro acabamiento. El tigre, el búfalo, el escorpión, la libélula, por ejemplo, carecen de esa conciencia; escapan a la muerte por instinto reflejo, porque al cabo todo ser tiende no solo a sobrevivir, sino a perpetuarse en su propio ser, como decía Spinoza, impulsado a ello por una fuerza, una energía pujante que forma parte de la vida o que es la vida misma, aunque, paradójicamente, estemos programados para la muerte. Vivimos “con la muerte en los talones”, como rezaba el título de una vieja película. Pero ningún ser animal es consciente de su finitud, de su inevitable final. Los atisbos de inteligencia que en ellos pueda haber, tienden fundamentalmente a servir a sus instintos primarios: conservar la vida y reproducirse.

Algo similar ocurre con el niño. Vive la vida sin conciencia de lo que es el paso del tiempo, ni a qué conduce ese constante e imparable fluir. El aliento vital es tan intenso en ese momento que no concibe el no vivir, idea que se hace opaca a su bisoño entendimiento. Como el animal irracional, no tiene capacidad para representarse su propio e inevitable final. Puede plantearse a veces la hipotética desaparición de sus progenitores y temer por su destino sin ellos, pero no hace lo mismo con su propio final.

Pero en la vida de todo ser humano hay un momento en el que cobra conciencia de su propia caducidad y por vez primera se enfrenta a la idea de que la vida –su vida– tiene un final seguro que ocurrirá en una fecha incierta. Dies certus an incertus quando, certeza sobre el hecho –el día llegará–, pero incertidumbre en el cuándo. De donde hemos de colegir que nuestra vida discurre en la venturosa ignorancia del día final. Por eso el condenado a muerte sufre una tortura adicional, previa a su ejecución, y es el conocimiento, con detalle y pormenor burocrático, del momento exacto de su muerte a la que angustiosamente ve acercarse poco a poco.

En definitiva, un día descubrimos que, desde el principio, estábamos ya abocados a morir. “¿Es que no sabéis que desde que nací, la naturaleza me tenía condenado a muerte?”, decía Sócrates a sus desolados discípulos, antes de apurar la bebida mortal. Pero ni sabemos por qué, ni cuál es la culpa que nos hace merecedores de tal condena. Surgen entonces las preguntas sobre el sentido de una existencia perecedera. Es en ese momento cuando de verdad adquirimos uso de razón, y, sobresaltados por aquella realidad, percibimos lo absurdo de la vida. Tan profundo y radical es el enigma de la muerte que hace de la vida misma otro misterio.

Las preguntas acerca del porqué y para qué son como las primeras contracciones, los primeros latidos de la razón que, apesadumbrada por el arcano, empieza a caminar a tientas en la niebla. Quien no se pregunta por la vida y por la muerte, o desdeña hacerlo, es que, de una u otra forma, ya está muerto.

Y precisamente porque se sabe caduco, con una vida que tiene fecha de vencimiento, con una existencia a la que le ha sido asignada una fracción o cuota del tiempo, el hombre es el único ser viviente que sueña con la inmortalidad, tal vez por esa vocación spinoziana de perpetuarse. Pero al mismo tiempo, la muerte se nos presenta como algo tan consustancial con la vida, tan adherida a su propia esencia, que, como escribía Ferrater Mora, existencialmente, una vida humana sin muerte, prosiguiéndose o regenerándose indefinidamente, no sería propiamente “una vida humana”.

Descubrimos que la vida, a la postre, transcurre entre dos momentos misteriosos, el de su origen y el de su acabamiento. Es nuestra existencia como una suerte de entreacto entre dos enigmas. Entre uno y otro, discurre nuestra vida, que al cabo no es sino mínimo y fugaz destello, parpadeo vital casi imperceptible en la inmensidad del tiempo.

Descorazona comprobar que la respuesta a las preguntas que emergen de lo más hondo de la conciencia se nos hace huidiza, inalcanzable y se oculta embozada tras el misterio. Si recorremos la historia del pensamiento, veremos que quienes buscaron respuesta y meditaron sobre ella, al final no hicieron sino alumbrar –unos con la razón, otros con el corazón, o con ambos en combate– una respuesta propia nunca verificada. Pero lo cierto es que, al final, se nos acaba el tiempo, y con él la vida, y de ella nos vamos sin conocer la verdad. ¿Qué juego es este? Es un final desolador. Por eso, resuenan de nuevo los versos de Heine: “Y no dejamos de preguntarnos,/ una y otra vez,/ hasta que un puñado de tierra / nos calla la boca…/ Pero ¿es eso una respuesta?”

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