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A partir de la idea de que nadie puede negar que los efectos del Covid-19 lo condicionan todo, y por tanto no cabe excluir el negativo que supone en la enseñanza a todos los niveles, parece digna de elogio alto la decisión de la Xunta de corregir defectos en la normativa de la ministra Celáa. Resumiendo mucho: en Galicia, por lo menos, no habrá “aprobado general”, que es otro modo de definir –aunque su titular lo niegue y hable de “objetivos”, sin definirlos con claridad– la regla de Educación que no establece límite de suspensos para pasar de curso.

La corrección busca, dentro de las competencias gallegas, lograr que los estudiantes consigan afrontar la pandemia igual que lo hacen sus progenitores y la sociedad toda. Es decir, con esfuerzo, con coraje y la decisión de superar las dificultades extraordinarias que implican las circunstancias, entre ellas asistir a clase clases y/o preparar las asignaturas. Lo otro, lo del ministerio, es un error, no solo en opinión de quien escribe, sino en una notable proporción de profesionales de la docencia que. al menos por una vez, dejan a un lado la política con minúscula.

Y es que ese, el de la docencia, es un mundo quizá más vocacional que otros y en el que aún discrepando con esta o aquella medida establecida por la autoridad sanitaria o académica se respetan. No existe en él –por fortuna– un pensamiento único, aunque sí una coincidencia general que –respetando las excepciones que a título sobre todo individual resultan posibles–, reconoce que a la hora de aprobar hay que merecerlo, como a la hora de suspender. Y que inculca la idea de que aquello se logra con trabajo y dedicación y lo otro, el fracaso, cuando esto falta.

No parece discutible a estas alturas insistir en que la cultura del esfuerzo ha dado buenos resultados siempre, sobre todo en ocasiones de igual o peor dificultad que esta. Y quienes no lo entiendan así, o maticen la rotundidad de la afirmación, están en su derecho, pero acaso debieran analizar más a fondo cuáles son sus motivos, Porque esa cultura no prescinde de los problemas, las circunstancias, las dificultades o el temor que desencadena la amenaza que para la vida representa el coronavirus: solo ayuda a no vivir con miedo, que es una forma de no vivir.

La conclusión, o –si se prefiere– la moraleja, es que el esfuerzo es una condición necesaria para que el futuro no ahonde las diferencias entre los seres humanos. No debe ocurrir que además de factores como la riqueza y la pobreza, el agua o la sequía, el hambre o la opulencia tengan como refuerzo un déficit educativo porque alguien pretenda compensar con facilidades lo que se precisa para salir adelante, en los estudios como en todo lo demás: la decisión individual de superar lo que haya que superar. Una disposición que no garantiza por sí sola el éxito, pero que es indispensable para lograrlo. Y es en ese sentido por el que, siempre desde un punto de vista particular y sin ánimo de escribir epístolas morales, el conselleiro de Educación merece apoyo.

¿O no...?

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