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TRIBUNA LIBRE

La gloria de don Benito

Benito Pérez Galdós.

Antes de nada oigamos a Maximiliano, el malogrado esposo de Fortunata, frente a la lápida de la pobre mujer:

“La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y ella no respondió a mis deseos. No me quería… Miremos las cosas desde lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué y ella también se equivocó (…). No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados (…). Perdono con todo mi corazón a esa desventurada (…). El mundo acabó para mí. He sido un mártir y un loco (…). Pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma? (…); adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo no como era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma (…)

“(…) Yo me liberté, y vivo en la pura idea (…). Yo me quiero retirar del mundo y entrar en un convento, donde pueda vivir a solas con mis ideas” (Fortunata y Jacinta, cap. final).

Lo consabido es que Fortunata fue seducida y abandonada por el señorito Santa Cruz; que se casó, tras la muerte del hijo, con un enfermo, nuestro Maxi, habiéndose redimido en la Casa de la monjas para mujeres arrepentidas, mientras el pobre enamorado veía en ella la vida nueva; regresó el señorito a por Fortunata y el marido se quedó compuesto y sin mujer. En estas breves líneas se compendia de algún modo la personificación del espíritu matrimoniado con la naturaleza que campa en las novelas galdosianas, la figura del mártir a imagen del Cristo que reina desde los primeros relatos del autor.

En este breve monólogo confesional se resumen los grandes temas del Galdós maduro: un ciclo de novelas dedicado al ‘espíritu humano’ que se encarna en los personaje y que llega hasta su bajada del telón: son buenos ejemplos Halma y Ángel Guerra, en los que el amor espiritual debe matrimoniarse con la naturaleza para ser verdadero. Por el contrario la presencia calamitosa del pobre sacerdote que conduce a ciegas la operación salvadora de la enamorada Fortunata es buena muestra del pregonado anticlericalismo galdosiano que, complicado con las monjitas de la ‘Casa de arrepentidas’, da lugar a situaciones que harían ‘fablar a las piedras’ de manos y lengua de Fortunata y Mauricia. Aquí y allá se deja ver el entrecruzamiento de los acontecimientos con las vicisitudes históricas –muerte de Prim coincidiendo con otros personajes; el socialismo atenuado de algún momento, el ‘cuarto estado’, la ‘República’ del personaje Izquierdo, el cruce de clases sociales y la conciencia de clases del ‘señorito’, la ‘revolución’ de la época cruzada con el arribo de la enamorada a los brazos de la familia ‘reinante’ Santa Cruz, las alusiones al año 74, Pavía, los personajes republicanos…

El gran río que alimenta el curso novelado es el amor, el Amor, llevado a su máxima expresión en la escena inicial, no tanto por el místico Maximiliano sino por todos los amores que plantan sus reales en la historia; el verdadero tema. De esta manera Fortunata y Jacinta sería el árbol patriarcal de la montaña, cuyas raíces se alimentan del espíritu encarnado de los comienzos y entran en la conciencia del gran cuerpo de sus novelas de sociedad

No, amigo lector, estos datos no son un mal resumen obtenido de cualquier ficha; acompáñanos en un último esfuerzo hasta el escalón que nos allega a la ‘Gloria de don Benito’. El logro mayor de la obra galdosiana es haber fundido Amor y conciencia con Naturaleza, Arte y Verdad –‘Ars, Natura, Veritas’, como lo llama el escritor-. Así lo creemos; más que realista, el autor debería ser el novelista de ese mundo interior que mueve a la Humanidad. Llegado al punto sin retorno de sus novelas de espíritu –pensamos en esa enrama novelada que envuelve Nazarín, Misericordia…-, la realidad se hace proyección de una presencia profunda, no tanto o, no solo, de la conciencia, cuanto del escenario que la puebla: el delirio, el sueño, la ‘sombra’ presentida, las visiones, las apariciones, las presencias fugitivas… cobran vida para hacer real el mundo interior en todas sus formas. Esta es la gloria de don Benito, y su infierno, pues, diga el lector si la visión mística de Maximiliano ante la tumba de su amada no es también la visión del escritor que le da vida. La vida de las conciencias de los grandes personajes que él inspira.

Cuando Fortunata asiste el velatorio de la amiga Mauricia una visión estremecedora la lleva a la mayor confusión; se hacen una las “vergonzosas maldades” de la muerta “y la santa señora que era la admiración del mundo (Doña Guillermina, la santa): “Se parecen, no tiene duda. Y el habla de las dos suena lo mismo… Señor, ¡qué será esto”. “Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo”… Lea el señor lector y entre en el juego. Avancemos otros ejemplos.

En otro ambiente bien distinto –Misericordia-, la pobre mendiga Benigna, decimos, Nina, ‘es confundida’ con la santa que reparte bondades… y al quedar al descubierto su verdadera gracia la apedrean los mendigos que la cercan. Item más: Almudena, el ciego místico de la misma obra describe al Rey ‘Samdai’, “de rostro hermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, que formaban ‘arregimientos’ de príncipes y magnates”…, en un juego complicado que los lectores conocen: el ciego lo vive y cree verlo, de manera parecida a como Juliana –familia de las dueñas- ve claro como la luz que la mendiga Nina...

“–¿Ve usted?... La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que dice… Nina, Nina, es usted una santa (la mendiga).

“–Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal… No llores… Y ahora veta a tu casa, y no vuelvas a pecar”. (Fin)

En el capítulo XXXIII dos personajes se preguntan por esa realidad:

–(…) ¿Estamos soñando? ¿Usted qué cree?

–¿Yo?... No sé… No puedo pensar… Me falta la inteligencia, me falta la memoria, me falta el juicio, me falta Nina.

–A mí también me falta algo…No sé discurrir.

–Nos habremos vuelto tontos o locos?...

La conciencia creadora del autor es la entrada de un Purgatorio, un infierno que el creador tiene que hacer real. Un parto en donde la conciencia de la realidad da a luz. Esa es la gloria de don Benito. Estamos en Nazarín; la tropa nazarista está en la cárcel:

“La mente y los sentidos de Nazarín llegaban a mayor confusión y desvarío; después de creer que pasaban largas horas sin ver nada, creyó que en breves momentos Ándara se acercaba a él y le levantaba y le volvía a dejar en suelo, diciéndole infinidad de conceptos que, si se escribieran, ocuparían todas las páginas de un mediano libro. “Esto no puede ser real –se decía-; ¡no puede ser! ¿Pero si lo estoy viendo, si lo toco y lo oigo, y lo percibo claramente” (…) De la primera cuadra vino, andando como los borrachos, una de las seras de carbón, que pronto tomó figura humana y todas las apariencias personales del Parricida”.

El santo Nazario es otro rostro redivivo de un Cristo mártir rodeado de su tropa evangélica –esa religiosa extraña y nueva que rondaba por Europa como un fantasma fugitivo-. Cuando el sacerdote, al final, cree estar celebrando misa oye claramente la voz del divino Jesús:

Hijo mío, aún vives. Estás en mi santo hospital padeciendo por mí. Tus compañeros, las dos perdidas y el ladrón que siguen tus enseñanzas, están en la cárcel. No puedes celebrar, no puedo estar contiguo en cuerpo y sangre, y esta misa es figuración insana de tu mente. Descansa, que bien te lo mereces.” (Final).

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