George Washington era consciente de que, al ser el primero en todo, estaba estableciendo un precedente. Por eso sus actuaciones y alocuciones más elogiadas, tanto como general como presidente, no son bravuconadas ni exhibicionismos de poder, sino manifestaciones de respeto, integridad y, sobre todo, prudencia. Podríamos decir que Washington logró hacer mucho cuando decidió no hacer algo. En la guerra de independencia perdió más batallas de las que ganó. Su mejor decisión estratégica al comienzo del conflicto fue, curiosamente, una retirada, en la batalla de Long Island, lo cual salvaría la causa revolucionaria. Tras la victoria contra los británicos, Washington pudo convertirse en rey, pero renunció a su cargo como líder del Ejército Continental y regresó a su casa. Una vez elegido presidente, también tuvo la oportunidad de permanecer indefinidamente en el poder, pero pensó que ocho años eran suficientes y dejó la presidencia al concluir su segundo mandato, ejemplo que seguirían todos sus sucesores sin excepción hasta mediados del siglo XX. Y en su discurso de despedida, en vez de ensalzar su legado político y militar, prefirió realizar una “advertencia” sobre los peligros que acechaban a la joven república.

Estos precedentes sirvieron como modelos de conducta. Ninguna persona estaba por encima de la institución, ni siquiera George Washington. Sin embargo, las presidencias transformadoras, como la de Donald Trump, suelen poner a prueba la resistencia de algunas instituciones al cuestionar los mitos sobre los cuales éstas se sustentan. Ocurrió también en la llamada “era de Andrew Jackson”, en la guerra civil, en el periodo de la Reconstrucción y en el sur segregacionista. Se produce una suerte de refundación que pervierte, amplía o corrige el diseño original. La república se convierte en una democracia; la Unión en una nación. La libertad adquiere un nuevo significado. Cambia el lenguaje y se reescriben las reglas del juego. Se establecen, en suma, unos nuevos precedentes.

Queda poco más de una semana para comprobar la dimensión del impacto que ha provocado dicha transformación. Aunque me temo que ninguno de los distintos escenarios con los que nos podemos encontrar el 3 de noviembre terminará por cerrarse esa misma noche, al menos que el Partido Demócrata consiga una holgada victoria que ponga muy difícil la impugnación de los resultados. Recordemos que en las elecciones del año 2000 ya se produjo un controvertido recuento que llegó al Tribunal Supremo. La crisis constitucional se dio por concluida cuando Al Gore, pese a estar en desacuerdo, decidió reconocer la victoria de George W. Bush “por el bien del pueblo y la fuerza de la democracia”. El demócrata sabía que, si se negaba a aceptar la derrota, establecería así un incómodo precedente en la historia contemporánea del país, el cual tendría muchas dificultades para presentarse ante el mundo como un ejemplo de democracia plena después de que uno de los candidatos saliera por televisión denunciando que le han robado las elecciones.

Donald Trump, sin embargo, no ha querido comprometerse a realizar un traspaso de poderes si sale derrotado en las urnas porque, según él, puede darse un caso de fraude electoral. Veremos entonces cómo reaccionan los congresistas y los senadores de ambos partidos. Cuando Washington presentó su dimisión como líder del ejército en Annapolis, los miembros del Congreso permanecieron sentados sin aplaudirlo. Con ese gesto querían demostrar que no estaban aceptando ningún favor del general, ya que este solo estaba cumpliendo con su deber. Ellos también eran conscientes, claro, de que estaban estableciendo otro precedente.