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Armando Álvarez

Odio, odio, odio

Aunque he odiado mucho, nunca he odiado realmente. Porque he odiado en rabietas, destellos de fósforo. De niño me estremecía de la ira e incluso me tiraba al suelo, como en una ceremoni a vudú, o me privaba. De adolescente he roto puertas y todavía pateo alguna papelera. Odio con intensidad, en ese instante de paroxismo, a quien me ha contrariado. Pero al cabo de los segundos vuelvo en mí y observo con extrañeza al monstruo que me ha parasitado. No comparto con él más que mi cuerpo, como un Alien que se abre paso a dentelladas por mis entrañas. Mi odio es una musaraña, tan febril como breve; un géiser, tan explosivo como tenue.

Este odio efímero mío asusta pero no arraiga. Casi no es odio y la ley me lo disculparía como enajenación mental transitoria. Jamás he odiado a nadie sin furia. Por esa válvula se me diluyen los rencores igual que los enfados. Después me arrepiento, me desapruebo y me reprocho. Y retorno al afecto o a la indiferencia.

El odio que daña es el que se ulcera en las tripas o se enquista en el alma. Un odio que no llega a eclosionar y que por eso mismo no se agota. Son odios que dominan la vida, al punto que se consumen como en cualquier adicción. Las grandes historias de venganza concluyen con la muerte del que ha odiado o su vacío si sobrevive. El odio alimenta, pero es principalmente fértil para sí, como un virus que se replica. Lenin creció odiando al régimen que había ajusticiado a su hermano por intentar asesinar al zar Alejandro III. Y esa inquina contagió inevitablemente a la revolución que pretendía inspirar.

El odio posee su propia geopolítica. Abraham Stern fundó el Legi, un grupo terrorista sionista, en tiempos del mandato del Imperio Británico en Palestina. Odiaba tanto a las autoridades inglesas por limitar la emigración judía que al comienzo de la Segunda Guerra Mundial intentó pactar con los nazis. Aún no se había decidido la solución final en la conferencia de Wannsee. Stern podía ignorar los campos de concentración. Pero conocía la Noche de los Cristales Rotos, las leyes raciales, el maltrato y expolio. Ya debía haberle llegado algún rumor sobre el holocausto de las balas que se estaba ejecutando sobre las fosas comunes de Europa del Este, como en Babi Yar. En su ajedrez de odios escogió el que creyó que convenía a sus objetivos.

El odio arabeisraelí, como el yugoslavo o el sinojaponés, ha pervivido de generación en generación, como odio que se hereda. Igual que en nuestras aldeas, con esa salmodia de los agravios que se infligieron y los marcos que se movieron antes de que nadie de los presentes naciese. El odio se incluye en los legados y en la genética. En ocasiones un odio tibio como un rumor, al contrario de lo que debiera, se amarga en la memoria de sus deudores.

A este odio testamentario se le llamaba antes odio africano por los Barca cartagineses. Amílcar, derrotado en la primera guerra púnica, hizo jurar enemistad eterna con los romanos a su hijo Aníbal, que perdió la segunda. Como el odio se sustenta sobre la reciprocidad, Catón el Viejo promovió la destrucción total de Cartago en la tercera, aunque la ciudad ya no suponía una amenaza. Sin Cartago, sin el acicate de aquella rivalidad, las viejas costumbres de Roma se relajaron y se inició la crisis que socavaría la república.

Así que existen odios arquitectónicos que nos apuntalan, como en esos viejos matrimonios que se odian sin divorciarse y que enseguida se siguen a la tumba. A nadie se odia tanto como a quien se ha querido. Lo pienso estos días, en los que contemplo un festival de odio: en la tribuna del Parlamento, en las redes sociales, en las tertulias... La pandemia ha rascado la débil costra que camuflaba esas corrientes subterráneas. En España nos hemos odiado durante siglos, con cainismo y guirigay, a manos llenas. Nos hemos odiado en las calles, los montes y las cunetas. Un odio que ha terminado por componernos, como esos que no le niegan la independencia a Cataluña por fraternidad, sino para que se fastidien los catalanes. Ni contigo ni sin ti. A estas alturas es posible que no podamos aspirar a otra cosa que odiarnos civilizadamente. “Odio, odio, odio a Peter Pan”, masculla el Capitán Garfío, pero debajo crepita: “Amo, amo, amo”.

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