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Es interesante, la verdad, el apoyo público que el presidente Feijóo ha prestado al discurso del líder del PP, señor Casado, durante el debate de la censura presentada por Vox contra la coalición PSOE/Podemos. Y lo es no solo porque parece poner fin a las diferencias –nunca admitidas, pero existentes– entre ambos sobre la idea que debía regir al principal partido de la oposición, sino también sobre el modo de plantearla. Y en ese sentido, algún asesor áulico de don Alberto ha deslizado ya que los populares se han decidido a adoptar para el futuro “la marca gallega del centro”. Afirmación que parece algo prematura, pero ya se verá.

Lo que más podría importar, en opinión de quien escribe, a los habitantes de este antiguo Reino es la posibilidad de que algo cambie en la política española –hipótesis aún lejana, repasada la aritmética de los apoyos al Gobierno para que siga siéndolo–, y que en ese cambio Galicia pueda dejar de ser un cero a la izquierda. Porque en los últimos años, y con gabinetes diferentes, lo ha sido: basta para probarlo un repaso atento a los graves asuntos pendientes de resolver y en los que la razón asiste, por cifras comparativas y proporcionales, a esta comunidad.

Como se diría en el argot callejero, aclarando que es gerundio: si la admisión del PP en el “grupo del centro”, del que el PSOE –con una desfachatez pocas veces vista antes– se proclama guardián, supusiera cierta influencia en los asuntos de Estado por la vía de la negociación, y si el giro del PP tuviese de verdad algo de gallego, aquella capacidad vendría de perlas al “padre espiritual” del cambio citado. Puede que no para ajustar todas las cuentas pendientes, pero siquiera las de mayor antigüedad y utilidad: plazos en infraestructuras vitales, financiación, etcétera.

Habrá quien considere estas observaciones como mera fantasía pero, aun así, pueden ser útiles. Una vez demostrado que a Galicia no le fue bien ni con Gobiernos “amigos” ni con los adversarios, salvo los de Felipe González, habrá que aprovechar cualquier posibilidad que se presente. Y tal como pinta el futuro inmediato apenas cabe otra que esperar que el discurso del señor Casado obre un milagro y la actitud de Moncloa hacia el PP varíe. Es casi imposible, pero, de ocurrir, habría que confiar en que si alguien influye en el que influye pueda aprovecharlo comm´il faut.

A estas alturas pocas cosas están claras como para permitirse imaginar que el giro de don Pablo, si dura, tenga más beneficios que los teóricos entre sus potenciales electores. Pero hay un par de datos alentadores: el PSOE y sus voceros ya no pueden llamar “fascista” al Partido Popular y eso –junto a los avisos europeos acerca de lo poco que gusta en Bruselas el programa de la coalición con Podemos– ya no es imposible lo que en su día dijo Sánchez que era un buen panorama: el modelo portugués. Cierto que don Pedro cambia de opinión como de camisa, pero si optase como mínimo por la “fórmula de Lisboa”, sería, aquí, como para echar cohetes.

¿O no...?

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