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Joaquín Rábago.

Confusión frente a la pandemia

Por si nos sirve de magro consuelo en vista del guirigay de descalificaciones e insultos en que ha degenerado la lucha contra el virus entre nosotros, hay que reconocer que incluso un país que pasa por un modelo de orden, racionalidad y disciplina como Alemania reina también últimamente la confusión en ese tema.

Conformen aumentan diariamente los casos de positivos en el país que mejor había sabido enfrentarse al Covid-19 en la primera ola hasta el punto de ser puesto fuera por muchos como modelo a seguir, con el advenimiento de la llamada segunda ola, los alemanes no parecen tenerlas últimamente todas consigo.

Alemania apostó en un primer momento sobre todo por la responsabilidad individual y el federalismo, lo cual funcionó muy bien entonces, pero ahora cada cual parece interpretar a su manera las directrices o recomendaciones de los científicos; cada “land” (Estado federado) ve antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio y quiere seguir su propio camino.

Los ciudadanos no entienden mientras tanto que se declaren como zonas de riesgo determinados barrios de una capital con tanto movimiento de personas y tanta vida musical y nocturna como Berlín y que no se les permita en algunos “Länder” con mucha menor incidencia de la pandemia que viajen allí y pernocten en algún hotel local sin someterse 48 horas antes a una prueba que arroje un resultado negativo.

En un país, además, donde solo ha sido hasta ahora obligatorio llevar puesta la mascarilla en los transportes públicos o al entrar en una tienda, no se entiende tampoco que muchos ciudadanos se sientan profundamente coartados en su libertad individual al punto de organizar manifestaciones de protesta en las que se juntan “libertarios” (en el sentido anglosajón de esa palabra), ultraderechistas y conspiranoicos.

Un conocido periodista germano-italiano se preguntaba recientemente cómo era posible que de repente los alemanes estuvieran comportándose mucho menos disciplinadamente, se mostrasen más rebeldes que los italianos o españoles, que han estado y siguen sometidos por las autoridades a medidas infinitamente más rigurosas.

Es cierto que también en el país central de Europa, la mayoría de la gente, sobre todo la de edad madura, se conduce de manera solidaria y son una minoría, sin embargo, muy ruidosa, la que no lo hace así , ya sea por egoísmo o por simple ignorancia.

Tal vez también por las incoherencias que observan. ¿Por qué se prohíbe, por ejemplo, a una familia que cumple escrupulosamente todo lo recomendado salir de vacaciones solo porque en el barrio donde vive se produjo un foco infeccioso en una fiesta organizado por un grupo de jóvenes irresponsables o por una reunión de demasiadas personas en la celebración de una boda en la que no se guardaron las distancias?

¿Por qué se obliga a los niños a no salir durante las clases de las burbujas que les han sido asignadas por el centro cuando luego se juntan muchas veces todos en el autobús escolar o viajan con sus padres y personas totalmente desconocidas en los transportes públicos?

Algo parecido ha ocurrido entre nosotros cuando se ha cerrado alguna universidad o prohibido absurdamente el acceso a los parques mientras se mantenían abiertos –economía obliga- los bares y los centros nocturnos aunque no se pudiera bailar en ellos.

Se pueden y deben exigir medidas, que implican sacrificios, para combatir al virus, pero deben ser racionales, coherentes, proporcionadas y sobre todo siempre bien explicadas a la ciudadanía, algo que muchas veces no ocurre y es causa continua de confusión.

Una vez hecho todo eso, encuéntrese y sanciónese a los incumplidores porque con su egoísmo ponen en peligro no sólo la salud de todos, sobre todo, aunque no exclusivamente, de los mayores, de quienes muchas veces además dependen, sino también el futuro económico del país.

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