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Antonio Touriño

mirador de lobeira

Antonio Touriño

Colas de la indignidad

Toparse con enormes colas a las puertas de un centro de salud resulta tremendo, casi tercermundista; dan ganas de ir a buscar sillas para acomodarles aunque sea imposible tener tantas en casa.

Son imágenes que quedan grabadas en la retina por su cruda indignidad marcada y dibujada con el pincel de la nueva realidad que lleva aparejada la lucha contra el coronavirus.

Un ambulatorio no es un recinto de atracciones. Nadie va a la consulta a pasar el día sino a resolver un problema de salud, ese derecho fundamental que ahora parece en entredicho. No basta, por tanto, crear laberintos para acomodar la espera como si fuera un parque de Disney.

Se necesitan soluciones menos simpáticas pues los enfermos han perdido el humor para tanto tiempo perdido, tanto contratiempo a la hora de pedir una receta.

A nadie puede extrañar que sucedan episodios como el del centro de salud de Cambados la semana pasada cuando un hijo va a buscar opiáceos para su madre con un terrible dolor por cáncer. Es reprobable pensar que ese hombre es violento porque solo está preocupado y a veces hay que chillar, dar un golpe sobre la mesa para ser escuchado.

Urgen soluciones pero sobre todo organización. Basta con cumplir horarios a rajatabla y evitar retrasos de uno, tres o cinco minutos por paciente que pueden significar horas de espera a la intemperie, con los rigores del crudo invierno que ya asoman.

Vale que se hagan colas en la panadería, a las puertas de una farmacia o de la boutique, pero no ante el centro de salud al que se tiene asociado la cartilla. La atención debe ser expeditiva para evitar sucesos como el de A Estrada. Morirse en un centro de salud es más traumático que atragantado en la jamonería.

Y aquí nadie es Trump. Quien va al médico es porque lo necesita, porque se encuentra mal y busca remedio a sus dolencias o a las de sus allegados.

Enfada que en vez de una simple solución se añadan más problemas, el más leve, el de la espera con paraguas..., cuando no hay un médico que atienda o se abren las puertas de Urgencias con legañas y el pelo alborotado.

El coronavirus no puede crear una sanidad de pandereta. Ya está bien de restricciones, de obscenos ahorros y de impúdicas respuestas o silencios.

El ciudadano paga mucho dinero por la sanidad desde hace muchos pero que muchos años por lo que cuando la necesita debe tenerla ipso facto.

Ya está bien de explicar que es un servicio público pues no es gratuito.

Los ciudadanos tienen que pagarla todos los meses, estén sanos o enfermos y por tanto tienen derecho a reclamarla en justa correspondencia.

Actúen ya. Pongan los medios para corregir tanto desastre, tanto dislate, y si hace falta rehacer los edificios ¡háganlo de una vez! Es preciso acabar con la imagen tercermundista que se está proyectando sobre la sanidad por el bien de todos los ciudadanos.

Duele ver a niños y a ancianos al raso esperando a que les vea un médico; clama al cielo ver implorar a un enfermo con insufrible dolor que le den un calmante, horriza pensar siquiera que alguien pueda no llegar a tiempo a casa con una salvadora medicina.

Obediencia sí, orden también, paciencia infinita pero a cambio respeto. Es una exigencia social con la vieja y la nueva normalidad. Sigan su máxima: Prevenir, mejor que curar.

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