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Pedro de Silva.

El fascista interior

El demócrata ingenuo suele ver al fascismo como un enemigo exterior, que a cada tanto se acerca a las murallas que defienden las libertades públicas. Ese error hace que luego les cueste tanto combatirlo, pues el fascismo habita de modo más o menos letárgico en la mente animal de todos. Algo que parece tan sencillo como ser demócrata supone ir contra corriente de las leyes de la vida, basadas en el dominio del débil por el fuerte, y exige una braceo continuo para que esa corriente no nos lleve. Debido a esa ley de la vida, tenderemos a buscar débiles para machacarlos de un modo u otro (a veces ostentando compasión) y sentirnos fuertes. Pueden ser indigentes, marginados sociales, perdedores, ancianos, emigrantes y un etcétera tan largo como alta sea la voluntad de poder de uno. Una vez metidos en el juego, que uno se vista o no de fascista es lo de menos, pues el hábito no hace al monje.

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