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Joaquín Rábago.

Un conflicto enrevesado

El conflicto entre las dos ex repúblicas soviéticas de Azerbaiyán y Armenia en torno al enclave de Nagorno Karabaj, conocido también como el Alto Karabaj, en el primero de los dos países donde viven unos 150.000 armenios, la inmensa mayoría de su población, es tan poco visible, debido a la poca presencia de periodistas internacionales, como enrevesado por los complejos intereses geopolíticos en juego.

Un conflicto armado que cada semana que pasa produce más muertes sin que parezca vislumbrarse una posibilidad de acuerdo con ayuda del llamado grupo de Minsk de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, grupo que lideran Rusia, Francia y EEUU (1) y que trata de mediar desde 1992 sin que apenas haya logrado avances.

Washington parece haberse desentendido de esa región, tan lejana en principio a sus intereses, mientras que los franceses prefieren limitarse a declaraciones de solidaridad con Armenia: no en vano viven en Francia en torno a medio millón de descendientes de los armenios que lograron escapar al genocidio de su pueblo a manos de los turcos entre 1914 y 1917.

La Rusia de Vladimir Putin, que apoya asimismo a Armenia, parece actuar en ese conflicto con una prudencia que no ha demostrado, por ejemplo, en la región, más próxima, del Cáucaso, o en Siria. Y ello a pesar del hecho de que Moscú tiene en Armenia dos bases militares con al menos 3.500 militares y que ha firmado una alianza defensiva con el Gobierno de Ereván (la capital armenia).

Esa alianza militar no impide, sin embargo, que Rusia haya seguido suministrando armas a Azerbaiyán ni hace que Moscú vuelva la espalda a un país rico en petróleo. Los observadores consideran, sin embargo, que el presidente Putin sólo se decidiría a intervenir militarmente en el caso de ataque directo a Armenia por parte de Azerbaiyán.

El otro poder regional, Turquía, apoya totalmente a Azerbaiyán, según ha asegurado su presidente Erdogan. Y lo hace con el envío de asesores militares y de armas, entre ellas drones como los que Ankara suministró antes en Libia al Gobierno del Acuerdo nacional de ese país sumido en una guerra civil a cuyas distintas facciones apoyan también diferentes potencias regionales o europeas.

También se han avistado cazas militares F-16 turcos en un aeropuerto azerí y, según algunos medios, el Gobierno de Erdogan ha reclutado al menos a un millar de rebeldes sirios para que combatan contra los armenios.

El conflicto entre Armenia y Azerbaiyán es ya viejo: en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética, estalló una guerra entre las dos nuevas repúblicas que duró tres años y acabó en un alto el fuego temporal, que se ha roto una y otra vez desde entonces.

En el transcurso de aquel conflicto armado, las tropas armenias conquistaron Nagorno Karabaj y algunas zonas próximas y desde entonces el Gobierno de Bakú (capital de Azerbaiyán) no ha dejado de reclamar un enclave que, con el nombre oficial de República de Artsaj, no ha sido reconocida internacionalmente y la mayoría de cuyos habitantes son armenios.

A diferencia de ocasiones anteriores, en las que todo quedó en pequeñas escaramuzas de una parte u otra, el conflicto ganó en intensidad hace unas pocas semanas y degeneró rápidamente en ataques militares en toda regla que dejaron centenares de muertos y que acabó provisionalmente en un frágil acuerdo humanitario apadrinado por Moscú para permitir el intercambio de prisioneros y la recuperación de cadáveres.

Para entender lo que allí sucede, no basta saber que Armenia es mayoritariamente cristiana mientras que Azerbaiyán es musulmana ya que esa guerra no tiene que ver tanto con la religión cuanto con la geopolítica, por un lado, y con la proximidad cultural y lingüística de azeríes y su principal sostén, la vecina Turquía, por otro.

El idioma oficial de Azerbaiyán está en efecto muy emparentado con el turco hasta el punto de que no les cuesta entenderse a los ciudadanos de uno y otro país. Sin embargo, los turcos son mayoritariamente musulmanes suníes mientras que los azeríes pertenecen a otra rama del Islam: la chií, la predominante en Irán.

Y aquí entra en juego otro actor, Israel, que, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, ha contribuido últimamente de modo muy notable al rearme de Azerbaiyán. Hasta el punto de que un 60 por ciento de las importaciones azeríes de material bélico tienen ese origen.

Según el diario israelí Haaretz, Azerbaiyán es una puerta que el Gobierno de Tel Aviv quiere mantener abierta para eventuales operaciones de espionaje contra su archienemigo, el Irán de los ayatolas. A lo que se suma el hecho de que, a cambio de los suministros bélicos, Israel importa petróleo de Azerbaiyán.

Así tenemos de pronto un conflicto de intereses geopolíticos al que no son ajenos las más importantes potencias regionales: Rusia frente a Turquía, por un lado, e Israel contra Irán, por otro.

¿Y cuál es el papel mientras tanto del país central de Europa? Berlín tendría, aunque quisiera, un papel muy difícil. En 2016, su Parlamento adoptó una resolución de condena del genocidio otomano contra el pueblo armenio, algo que causó indignación en los alrededor de tres millones de ciudadanos de ascendencia turca que viven actualmente en Alemania y que vieron en ese acto a una "injerencia inadmisible".

(1) Forman además parte del grupo de Minsk Bielorrusia, Alemania, Finlandia Suecia, Italia y Turquía, además de los dos países directamente en conflicto: Azerbaiyán y Armenia.

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