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Enredados

La inteligencia artificial ha intuido los componentes básicos que permiten a los humanos percibir, interactuar, comunicarse, emocionarse o crear, todo para desarrollar la réplica exacta a las teóricas necesidades que promueven el consumo. Lo paradójico es que la iniciativa corresponde a máquinas autónomas que utilizan referencias que les proporcionamos en las interacciones con las redes.

Vivimos enredados en un sistema que ha alterado los valores éticos y morales, los convenios sociales, el comercio y cualquier otra base sustentada en el sentido común, en la sensibilidad o en la tradición.

Me motiva a escribir el documental The social dilemma, en el que se explora el peligroso impacto de las redes sociales en los humanos, con la colaboración de tecnólogos que nos alertan sobre los riesgos de sus propias creaciones.

En esta ocasión, Netflix nos propone una reflexión casi filosófica sobre los peligros que los mundos virtuales entrañan, curiosamente cuando en sus propias parrillas de programación destacan series basadas en la violencia -narcotráfico, guerras, terror, etc.-. Sorprende y se agradece que nos haga cavilar sobre un entorno cada vez más complejo e incontrolable.

En el trabajo intervienen expertos de Facebook, Twitter o Google que nos invitan a cerrar todas nuestras redes sociales. Afirman que los datos son utilizados para manipular a los usuarios, por lo que, cuanto menos, hemos de repensar cómo concurrir a esos mundos de aparente vanguardia en los que absolutamente todo ha de reconsiderarse desde el inicio para lograr un marco proclive a lo ético.

En el programa se habla de un "capitalismo de vigilancia". Estamos ante un gran mercado que comercia con futuros humanos a gran escala. Con el procesamiento que miles de superordenadores hacen de forma cada vez más precisa de las huellas digitales, individuales y colectivas, construyen modelos y anticipan necesidades, sin siquiera intervención de los técnicos que los han ideado.

La técnica persuasiva creada automáticamente es adictiva, como una nueva droga. Uno es etiquetado en base a sus gustos, ambiciones e incluso debilidades, ideologías, etc., de lo íntimo. Sin percibirlo, nos convencen de actuar en una determinada dirección. El proceso afecta a la identidad y a la autoestima.

La intervención de las máquinas es creciente y exponencial. Estamos atrapados. Nos desenvolvemos entre verdades creadas, intereses económicos de multinacionales con poderes superiores a los de cualquier gobierno, liderazgos políticos incapaces, cuando no explícitamente mediocres. Falta una estrategia clara para responder con entidad personal, en tiempo real o a medio plazo, a tanto teórico adelanto.

Dicen que avanzamos hacia una distopía o antiutopía, en pos de una sociedad ficticia indeseable en sí misma.

Quién sabe cuánta verdad hay entre tanta mentira. Interpreto que siquiera los ordenadores o los guionistas de Netflix pueden determinarlo.

La Unión Europea necesita una estrategia clara para el mundo digital y ha de estar basada en los valores que la crearon, esencialmente en su cultura. Esta puede ser una ventaja competitiva frente a un mundo impuesto y enredado.

NOTA: Este artículo forma parte de la iniciativa Manifiesto Ibérico: Destino Europa

*Periodista

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