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Francisco García.

El fracaso de la política

La declaración del estado de alarma en una sola comunidad autónoma es un hecho sin precedentes que pone de manifiesto la gravedad del momento sanitario que desangra a un país con cicatrices como cordilleras. Y evidencia además el fracaso de la política, cuando los intereses partidistas se anteponen a la obligación de preservar la salud de los ciudadanos.

Donde se requiere consenso, se impone el disentimiento; donde se hace precisa la conformidad, arrecia la discusión. Si la búsqueda del bien común es mandamiento principal de la acción política, mandatarios de distinta ideología están ofreciendo un pésimo ejemplo. Innumerable se antoja la lista de errores cometidos por el Gobierno de la nación desde que hace ya más de medio año la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia del coronavirus. Algunos muy groseros, como inventarse un comité de expertos que no existía o celebrar con ingenuo triunfalismo el final del confinamiento para festejar el inicio de la era de la "nueva normalidad", eufemismo ridículo que se ha derrumbado como un castillo de naipes al primer viento airado del otoño. El caballo de madera cargado de virus aguardaba emboscado el inicio de la borrachera de los desprevenidos troyanos.

Por dejadez, por imprevisión, por soberbia por falta de pericia; o por todas esas causas a la vez, al Gobierno de Madrid le ha venido grande la gestión local de la epidemia. Y ha recurrido al victimismo para justificar su inacción o el escaso éxito de sus decisiones erráticas. Que en cada región se apliquen recetas distintas a los mismos males confirma que no existe el diálogo, que se ha impuesto la emergencia unilateral del sálvese quien pueda.

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