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El final agridulce de Luís Martínez Gendra

El viejo librero renunció a jubilarse en beneficio propio, hasta que acuciado por las deudas facilitó a la plantilla el embargo de sus bienes para subastarlos (3)

A principios de 1973, una fuerte pesadumbre envolvió al personal de la librería Luís Martínez Gendra, cuando se confirmó el fatal desencuentro. "¡Seoane se va! ¡Seoane se va!".

La gente no dio crédito de aquel aserto. No se habló de otra cosa en esta ciudad durante varios días. Aquella ruptura entre el viejo librero y su hombre de confianza después de treinta y cinco años de trabajo en común, codo con codo, no resultó nada fácil de entender ni digerir. Cada uno defendió su postura y ninguno dio marcha atrás.

Manolo Seoane no se fue solo, sino que arrastró consigo a sus hermanos Paco y Conchita, otros dos puntales de Luís Martínez. Además, montaron su propia librería en competencia directa a escasos metros, en la calle García Camba nº 6. El duelo estaba servido.

Posiblemente esa circunstancia tan significada y dolorosa inició la cuenta atrás de un declive irremediable que, no obstante, tardó más de una década en materializarse. Por tanto, no fue la única causa y quizá tampoco la más determinante. Otras motivaciones no menos enjundiosas pesaron mucho en el agridulce final de la legendaria casa comercial.

Al año siguiente, don Luís superaba el medio siglo de actividad ininterrumpida como librero y sus compañeros de profesión en Galicia le rindieron un homenaje de reconocimiento en A Coruña durante una reunión interregional. Ese gesto de consideración se repitió más tarde por la Federación de Libreros de Galicia, que dedicó en Santiago de Compostela un emotivo agasajo a los tres miembros más antiguos de tan noble oficio en 1980.

Manuel González González, de Santiago y Pablo Barrientos Bartolo, de Vigo, compartieron felicitaciones con Luís Martínez Gendra, durante un almuerzo celebrado en el comedor de San Francisco, con la presencia del conselleiro de Educación y Cultura, Alejandrino Fernández Barreiro.

Jesús Couceiro intervino en ocasión tan señalada como presidente del colectivo para resaltar el colosal mérito de aquellos tres libreros vocacionales. Compañeros y amigos llegados de toda Galicia arroparon a los homenajeados, mientras que otros enviaron sus adhesiones, incluido el ministro de Cultura, Manuel Clavero Arévalo.

Don Luís ya superaba la edad de jubilación y estaba ciego y solo, sin una familia cercana. Tan lucido evento habría servido de dignísimo colofón para anunciar una retirada bien merecida. Pero la librería de la Oliva era su vida y a ella se aferró cuánto pudo y más.

Si la marcha de Manolo Seoane supuso el primer varapalo serio al negocio de Luís Martínez, el desahucio de su emblemático local resultó la puntilla a principios de los años 80. Los propietarios del edificio señorial no pararon hasta que consiguieron del Ayuntamiento su declaración de ruina, a fin de vender el solar para levantar el edificio actual.

Con 75 años cumplidos, don Luís dispuso entonces de una nueva oportunidad para cerrar el negocio, cuando ya empezaban a pintar bastos. Pero se empecinó en continuar al pie del cañón y cambió su sede central al bajo que tenía alquilado desde 1964 a la familia Prieto Salvadores en la calle García Camba nº 11; el mismo que ahora ocupa la librería Escolma, nacida de sus cenizas al fin y al cabo, como contaremos la próxima semana.

Allí tenía instalado su almacén de música, con toda clase de instrumentos de percusión, cuerda y viento, así como las sillas y los coches para niños y bebés. Como el local resultaba claramente insuficiente para añadir la librería, papelería y demás servicios, trasladó aquellos a la calle Andrés Muruais, donde luego se levantó el Hotel México.

Una vez más, el dicho popular de que nunca segundas partes fueron buenas se cumplió a rajatabla. A mediados de los años 80 el comercio pontevedrés había cambiado mucho y, particularmente, había entrado en liza con mucha fuerza la librería Michelena, pronto convertida en lugar de culto para bibliófilos de pro y lectores empedernidos. Seoane estaba consolidada y otras nuevas como Xuntanza o Cervantes, junto a las clásicas como Viñas, Paredes y Antúnez, también pugnaban por abrirse camino o mantenerse a flote en un mercado muy competitivo.

Pronto se puso de manifiesto el error de proseguir con su negocio a trancas y barrancas; la dura realidad golpeó con fuerza el corazón del viejo librero. Abrumado por los impagos a sus empleados y las deudas con sus proveedores, don Luís tuvo que rendirse a la evidencia a principios de 1986, pero lo hizo con una gallardía que despertó admiración.

Por un gesto extraordinario de cariño y agradecimiento hacia los trabajadores, él mismo dio facilidades plenas a su plantilla para acometer judicialmente un embargo ordenado de todos sus bienes y de esa forma percibir los atrasos salariales, junto con las indemnizaciones correspondientes. Luego, no todos los empleados estuvieron a la misma altura y supieron valorar en su justa medida tan loable actitud, quizá abrumados por un futuro incierto. Ahí lo dejo, porque esa fue otra historia distinta.

Al anunciarse la subasta pública por la Magistratura de Trabajo nº 1 a finales de aquel año se puso de manifiesto la precariedad patrimonial del viejo librero. Sobre el edificio familiar de Curros Enríquez pesaba una hipoteca que rondaba los 15 millones tras reducirse el montante desde una cantidad superior a los 27. Y sobre el resto de los locales en García Camba, Arzobispo Malvar, Joaquín Costa y avenida de la Estación, únicamente mantenía el derecho de traspaso, porque ninguno era suyo en propiedad. Eso fue lo que se subastó, junto a las mercancías almacenadas y distribuidas en 414 lotes.

Después de toda una vida dedicada al negocio iniciado por su padre setenta años antes, y luego compartido con su hermano Clemente, una triste mañana Luís Martínez Gendra apareció muerto en su domicilio. El viejo librero falleció pobre de solemnidad, pero con su dignidad impoluta. Sin duda alguna, no mereció tan triste final.

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