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escambullado no abisal

El contexto

El contexto nos compone igual que las entrañas. "Yo soy yo y mis circunstancias", aprendimos de Ortega y Gasset siendo escolares. Dios, sintiéndose enajenado, creó el universo para disponer de un contexto que lo justificase. El ser humano tiene una esperanza media de vida de 79 años: 2.491.344.000 segundos. Cada uno de ellos, cosido a los demás en una trama que los dota de sentido. Ninguno de esos instantes puede entenderse en sí, aislado, sin los otros instantes que lo preceden y suceden entre el pelele y la mortaja. Ninguno, en realidad, sin los 2.491.344.000 instantes de cada una de las otras existencias que nos rodean e influyen. Ninguno, sin los millardos de segundos de nuestros antepasados, en una cadena genética que nos conduce hasta aquel protozoo que se agitó en el caldo primigenio. Aunque nos sintamos solos, vectores de tiempo y espacio han confluido en nosotros y contribuyen a definirnos. "¿Quién sería yo si hubiera nacido en tal sitio, en tal siglo o de tal familia?", fantaseamos a veces. Lo cierto es que no seríamos. Otro sería.

Atravesamos una época extraña. Aunque cada vez disponemos de un mayor caudal de datos, el contexto nos importa cada vez menos. Derribamos estatuas de personas a las que condenamos en función de nuestros códigos morales actuales, sin considerar los que les eran propios. Queremos condensar nuestros argumentos en 140 caracteres de Twitter y resumirnos en un retrato de Instagram. La tecnología nos permite despiezar fácilmente cada uno de esos 2.491.344.000 segundos, difundirlo y presentarlo como un compendio; viralizarlo, pertinentemente, porque es un virus que se apropia de la vida y la infecta. Lo saben los famosos. Al más generoso y amable, cazado por un teléfono móvil en un instante de ira, real o que siquiera lo parezca, lo pueden transformar en un monstruo a perpetuidad a ojos del público.

En las últimas semanas ha circulado por Whastapp la foto de un párrafo del Faro del 29 de septiembre: "Calcula el Instituto Nacional de Estadística (INE) que este año va a morir gente que no había muerto nunca". También el titular de una noticia colgada hace dos años en la web: "El rural ourensano registra mayor número de entierros que de muertes". Ha cundido la impresión de que en nuestra redacción no sabemos diferenciar entre vivos y muertos, lo que me encantaría. En Galicia, la bruma difumina esa frontera, igual que entre la tierra y el mar.

Aunque me tiente trabajar para un periódico poético, muero sin vivir en mí, la realidad resulta mucho más prosaica. Alguien cortó para que pareciese una información el artículo de opinión de Anxel Vence, que escribe con la magistral retranca que le caracteriza desde hace décadas. La noticia de Ourense adquiere precisión y relevancia sociodemográfica con solo leer el subtítulo: "Los restos de muchas personas residentes en la capital, en las cabeceras de comarcas o en otros puntos de la geografía española reciben sepultura en su lugar de origen".

Nadie se preocupó de leer el artículo entero. Nadie pinchó en la información. Llamaron de una cadena televisiva nacional para preguntar si el texto de la gente que moría sin haber muerto antes se había publicado efectivamente en el Faro. Confirmado que sí, ya no les interesó la explicación posterior. Supongo que habrá sido la risión en algún programa. La contextualización es otra de esas viejas reglas del periodismo que han caducado.

Cualquiera de las líneas que he escrito y publicado desde 1994 podría resucitar y visitarme como un fantasma, horripilante, sin la sustancia que la sostenía. Como medio de comunicación, disponemos de herramientas para aclararnos, aunque la corrección rara vez alcance tanta difusión como el error o el infundio. Le puede suceder a cualquiera sin esa protección. Somos carne de meme. Pensemos en esos segundos, escasos en comparación con los 2.491.344.000 que viviremos, en los que habremos parecido aquello que no somos. Incluso en algunos pecados que sí pudimos cometer, pero que no nos definen. Ninguna línea debe juzgarse sin leer el texto al que pertenece. Ningún segundo, sin la vida que lo conjuga.

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