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Universidad: vicios viejos en odres nuevos

Nada descorazona tanto como comprobar que viejos defectos siguen vivos, y que con el paso del tiempo no hemos mejorado, que los vicios de otras épocas, ya entonces criticados, perduran sin que las sucesivas generaciones hayan acertado a desterrarlos en beneficio de las posteriores.

Unamuno fue especialmente crítico con sus colegas de profesión, los catedráticos de universidad. No se contuvo a la hora de denunciar sus desviaciones y arbitrariedades. Allá por el año 1917, para reprobar la vagancia y desinterés de algunos profesores, entre otros casos que él denominaba "camarrupadas", relataba la historia de aquel catedrático de Derecho civil que, no obstante haberse promulgado ya el Código Civil, explicaba su disciplina basándose en leyes antiguas ya derogadas por aquel, y sin rubor alguno se permitía decir a sus alumnos: "Anda por ahí un libro que dicen ha escrito Alonso Martínez?", en evidente referencia al Código Civil en cuya redacción había participado el citado político. A aquel haragán e irresponsable profesor no le importaba defraudar a sus alumnos enseñándoles un derecho ya derogado, porque pesaba más en él su gandulería y resistencia a ponerse al día, que el interés y beneficio de aquellos. Pero allí seguía, haciendo de su cátedra un sayo.

Pero las cosas no parecen haber cambiado mucho. Frente a profesores cumplidores y laboriosos, que están al día en los progresos de su ciencia -por fortuna, lo habitual-, quedan algunos ejemplares aislados que recuerdan a aquel insensato del que hablaba el rector salmantino. Me cuentan algunos jóvenes, hoy ya licenciados en Derecho, de un catedrático indolente y mustio con similar descaro. Entienda el lector que no revele ni su identidad ni la universidad de procedencia, por piedad y porque al cabo está ya jubilado y ha dejado de hacer daño. Si por su mediocridad improductiva era ya desconocido durante su vida académica, bien está que se mantenga en la misma opacidad. Este profesor dedicaba semanas a explicar instituciones jurídicas ya trasnochadas, muy de su gusto, que, aunque reguladas como derecho especial del terruño, carecían ya de aplicación; eran figuras históricas totalmente olvidadas en la sociedad actual. En más de cuarenta años de ejercicio profesional, no he conocido caso alguno en el que estuviera presente aquella arcaica figura, fósil de épocas pretéritas. Es decir, que aquel hombre hablaba en sus clases de verdaderos cadáveres jurídicos, por lo que, más que de profesor, ejercía de forense jurídico.

Pues bien, según recuerdan y me cuentan aquellos asistentes a sus amodorrantes clases de tanatología jurídica, cuando, avanzando el programa, llegaban a las lecciones dedicadas al Derecho de consumo, las saltaba con la excusa de ser materia carente de importancia. Aquel sedicente profesor no tenía razón alguna. Los derechos de los consumidores han adquirido máxima relevancia en nuestros días; basta con advertir su reflejo legislativo, las directivas comunitarias que los protegen y el corpus jurisprudencial del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la defensa de los derechos de los consumidores para calificar de desacertada aquella excusa. Parece evidente, pues, que aquel hombre, tan apegado al derecho muerto, había abdicado de todo esfuerzo por ponerse al día en su disciplina, y había cerrado ojos y entendimiento a los nuevos caminos del derecho. Flaco favor hacía a la formación de sus alumnos y al prestigio de su Universidad.

Vayamos a otro ejemplo. El reputado abogado y profesor italiano Piero Calamandrei habla en su obra "Demasiados abogados" de un profesor universitario que, habiendo volcado su saber en unos apuntes litografiados, en sus clases subía al estrado a un alumno complaciente que, al lado del profesor, los leía ante la clase, limitándose el cátedro a refrendar la lectura con gestos de complacencia y conformidad. Lógico, eran sus propios apuntes.

Profesores hay en la actualidad, según me cuentan, que recuerdan al ejemplar del que habla Calamandrei. Son aquellos que hacen de su clase un mero ejercicio de dictado. Es decir, se limitan, pura y simplemente, a dictar -sí, dictar- unos apuntes que los alumnos copian afanosamente; no hay, entonces, labor profesoral de explicación, ni diálogo entre profesor y alumnos. Y así, una clase tras otra. Todo se limita a un profesor que dicta despacio y unos alumnos que escriben, es decir, copian. Esta "técnica" evoca en mí los dictados de mi infancia con aquellos textos endiabladamente rebuscados del, entonces famoso, Miranda Podadera. Reducir la clase a un mero dictado -es decir, un lector y un grupo de estudiantes haciendo de amanuenses- es sencillamente deplorable. Nada que ver con la Universidad. En rigor, no hay docente y, en consecuencia, no hay discentes, ni docencia, ni decencia. Pero por lo visto tampoco hay control alguno sobre estas malas prácticas. Pues hora es. Por lo que se ve, la cosa viene de muy atrás.

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