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La Antropología del fuego llevada al cine

El director Oliver Laxe le tenía ganas al fuego, y más que acercarse con la manguera envió a su cámara para sacar sonido a las llamas, que es donde está la maestría del cineasta, mera oportunidad para su película "O que arde", preseleccionada para acudir a los Oscar.

El primer pirómano no ha sido el preso que vuelve a su casa tras ser excarcelado. La propia naturaleza ha sabido racionalizar, a través del tiempo, qué especies son merecedoras de continuo biológico y cuáles no. Los eucaliptos lo saben haciendo de antorchas, creando infiernos que escapan a la intención antropológica de las escenas rurales que enmarca el cineasta. Los vaqueros aman al ganado y no renunciarán a crear brotes verdes quemando, una costumbre ancestral, aguardando a la luna que es la que pacta con el incendiario. El hijo de la protagonista de "O que arde" no era incendiario, si acaso pirómano.

Galicia, como Asturias o Portugal -por imposición atlántica- han hecho amables las plantaciones de especies aliadas del fuego, pirófitas. Hasta hace poco, la tala de plantaciones de eucalipto era seguida de la preceptiva quema, hasta que se entendió que las ramas y desechos formaban parte de la economía, reducidas a pellas de madera. Los maderistas lo han entendido.

La intención de Laxe no está en la economía del fuego, que es la que más dudas suscita entorno a las causas de los incendios forestales. El simple hecho de movilizar maquinaria pesada para hacer cortafuegos ya es de por sí rentable para unos, cuanto más activar medios aéreos y terrestres, ese es el círculo vicioso de la economía del fuego.

Al investigar las causas de los incendios salen desde un ave electrocutada en un torre eléctrica, el paso del tren por la foresta o los cables de tendidos eléctricos, sin olvidar el más prístino de los incendiarios, el rayo.

El cine quiere llevar a los espectadores la extinción de una forma de ser y vivir rural, no la del incendio que sublima en imágenes y sonido, incomparable desde una butaca e indefinible al estar manguera en ristre salpicando, impotentes, su voracidad. El cámara de Laxe lo supo cuando aprovechó su excelso momento en incendios reales de Galicia.

Con todo, son las escenas del incendio las que abren el camino a los Oscar, pues la hominización -evolución- le debe más al fuego que al vínculo maternal escenificado entre el ganado y la complicidad con el lugar de nacimiento. La ironía aldeana entra en el juego de manos bajo sospecha al dar cerilla, a veces por rencillas. -¿Tienes lumbre?- le preguntan a quien desea recuperar el tiempo perdido. El combustible, paisaje y paisanaje arden en absoluta simbiosis haciendo pequeño al hombre y la mujer, ésta última verdadera protagonista de la naturaleza humana, también del filme que más papeletas tiene para representar a España en Hollywood. Los americanos tienen más sensibilidad por las llamas que por la etnografía, aun siendo la cuna de la Antropología cultural.

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