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José María de Loma.

La nueva cafetería

En mi barrio han abierto una cafetería muy moderna y para combatir el hecho de verme un tanto desfondado y por apoyar a la decaída, no será por mí, hostelería, bajo, cruzo la calle y entro en ella. Todo el mundo debería tener el derecho de oler algo que huela a nuevo al menos una vez a la semana. Mucho espacio. Mesas acogedoras. Dan ganas de fundar una tertulia. Los camareros van uniformados. Ahora hay poca gente pero en un rato llegará el bullicio.

Una señora con el carro de la compra pide dos churritos, una pareja joven se hace carantoñas, una mesa larga es ocupada por ocho oficinistas, creo yo que son oficinistas. Qué manía tiene la gente con no ir vestida de lo que es. Un señor lee el periódico. Digo yo que será un señor. Lo mismo es un truhán. A los periódicos les iría mejor si hubiera más lectores truhanes que políticos. Entra y sale gente y el encargado se acerca a mí a preguntarme cómo estoy. Supongo que es una pregunta retórica, una pregunta de encargado de cafetería en su primer día, una pregunta de relaciones públicas. Le digo que bien, gracias, pero el audaz que llevo dentro sale (no volverá a salir en toda la semana) y dice: hace calor, podría poner el aire. Por supuesto, señor, me contesta. Qué sabrá él si soy un señor o un pelanas. De hecho, voy algo despeinado, con una camiseta y pantalón corto. Podría ser un tieso con dificultad para pedir un segundo café. Pero así es el primer día de una cafetería, te ponen el aire. A los tres o cuatro minutos me noto en la temperatura adecuada. Pienso nombre para la posible tertulia. "El declive". O tal vez, "La peña". Quizás "Los formidables". Parece que estoy buscando nombre para un cuarteto pop. Nos juntaríamos los miércoles a las ocho de la tarde. Los jueves es que todo el mundo presenta un libro y los viernes la gente está de cachondeo. Los lunes no deberían existir y total, te plantas en el martes que es el día en el que hay que convocar a los contertulios. Sería una tertulia para rajar mucho, claro. Para poner verde a los poetas, amarillos a los políticos y hasta despotricar del alcalde y del gobernador si hubiere, que ahora se llama delegado del Gobierno. Podrían llamarse piedra pómez o mermelada triste, daría igual, nadie los conoce. Antes los gobernadores reprimían, te mandaban a la poli, daban entrevistas, prohibían manifestaciones y claro salían en la prensa y la gente los conocía. Prefiero estos tiempos. La tertulia empezaría a las ocho y hasta las nueve no podría irse nadie pero a las doce como máximo se daría por clausurada.

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