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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Árbitros y reyes con hinchada

Hay a quien le preocupa el puesto de trabajo de Felipe de Borbón; mientras a otros les inquieta la pérdida del empleo de millones de españoles. Solo es un problema de números.

Así se entiende que ocupen parecido espacio en los papeles y en las teles los desaires que, según dicen, sufre el actual jefe del Estado a la par que los desastrosos efectos que la epidemia va a tener sobre la nómina de los currantes. De momento son solo algunos militantes convocados por la derecha los que se manifiestan en los balcones para defender al rey de un cierto o imaginario acoso por el Gobierno; y solo es de esperar que la contienda en ciernes no vaya a mayores.

La realeza ha dejado de ser un simpático entretenimiento de los lectores del Hola para convertirse en una cuestión política que bien podría acabar dividiendo al país. Los partidarios de la derecha, mayormente los de la rama más visigoda con sede en la capital de España, se han volcado con Felipe VI por temor a que vengan los rojos y les quiten las casas y las fincas después de quitarles al rey. Todo sea por exagerar.

No quiere eso decir que los españoles con ideas de izquierda se hayan hecho súbitamente republicanos, claro está; aunque esa podría ser una consecuencia lógica si al monarca en ejercicio acaba por identificársele con unas determinadas posiciones partidarias.

Se trata de una novedad, en todo caso. Antes de que se hiciesen públicas sus presuntas correrías cinegéticas y de orden financiero, el anterior rey Juan Carlos había conseguido un alto nivel de popularidad. Ni socialistas ni conservadores cuestionaban en modo alguno el estatuto monárquico, desde luego. E incluso sugieren los cotillas de la Corte que el ahora emérito se llevó mejor con el socialdemócrata Felipe González que con los derechistas Aznar y Rajoy. Cosas del carácter y de la sociabilidad.

Dicen los que saben de esos asuntos de cámara que la campechanía del monarca temporalmente expatriado alumbró incluso un nuevo tipo de fan -el llamado "juancarlista"-, al que le caía simpático Juan Carlos, aunque no necesariamente la institución por él representada. El caso es que la forma de Estado dejó de figurar durante décadas entre los asuntos de interés para la ciudadanía.

Todo eso ha cambiado desde que un elefante y una señora de las muchas que históricamente han frecuentado los Borbones se cruzó en el camino de la dinastía. Juan Carlos abdicó del cargo, probablemente consciente de lo que iba a ocurrir una vez abierta la veda; y el marrón le ha caído a su heredero.

No lo va a tener fácil Felipe VI si la derecha se empeña en prohijarlo, un tanto abusivamente, para sus filas. Eso sería tanto como si un árbitro de fútbol padeciese fama de inclinarse a favor de un determinado equipo, con las graves secuelas que tal actitud arrastraría sobre su credibilidad. Y sobre el ánimo de los aficionados, que últimamente anda algo recalentado por el virus, la crisis que asoma el hocico y la deriva cada vez más inquietante de la epidemia en España.

"De mis amigos líbrame, Señor; que de mis enemigos ya me encargo yo", aconsejaba Voltaire en situaciones como esta. A los reyes, como a los árbitros, se les exige tan solo que pasen desapercibidos en el campo y no influyan en el juego. Habrá que ver si el actual monarca consigue desoír los cánticos de su fervorosa hinchada.

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