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Luis M. Alonso.

El mayor despropósito

Salvo casos aislados, el fracaso en la gestión de la pandemia se ha traducido por igual en el resto del país. Los intereses políticos y partidistas por favorecer al sector económico incapaz de soportar un nuevo confinamiento se han repartido de manera atolondrada con los de mostrar empatía hacia quienes únicamente piensan en sobrevivir al virus. El resultado es un desastre mayúsculo que se suma al que ya protagoniza el Gobierno en otros ámbitos de la vida pública. En Madrid, el hambre se ha juntado a las ganas de comer, aflorando a la vez una batalla política que conduce al desencuentro inicial tras una falsa tregua. Otro factor que lleva a que los problemas se agudicen es que la puesta en escena ha sustituido a la política y el escenario se monta y se desmonta sin que hayan transcurrido veinticuatro horas.

La situación madrileña pueda que sea grave, incluso más grave de lo que parece, pero supone un insulto para la inteligencia que el Gobierno de Sánchez, que delegó su responsabilidad en las autonomías cuando tenía que haber seguido al frente de la crisis, agite el espantajo como lo está agitando en la primera comunidad del país solo para cebarse y hundir un bastión del adversario. No se le ha visto al ministro de Sanidad ni a nadie del gabinete arremeter de esa manera, estableciendo treguas y rompiéndolas, en los casos de Cataluña y del País Vasco cuando la situación allí también era límite, para no incomodar a los socios nacionalistas. En cuanto a Cataluña, como se ha visto estos días, el Gobierno no ha tenido inconveniente en vetar al Rey en el acto de entrega de los despachos de los jueces invocando razones de seguridad cuando estas solo responden al intento de arrinconarlo.

Si la situación de la pandemia en Madrid es grave, librar una batalla política en medio de ella es el colmo del despropósito que prueba en manos de quienes estamos.

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