02 de agosto de 2020
02.08.2020
Faro de Vigo
el correo americano

La terapia del horror

02.08.2020 | 00:48
La terapia del horror

Cuando se estrenó Tiburón, de Steven Spielberg, muchos de los que tuvieron la oportunidad de ver la película en una sala de cine confesaron luego que bañarse en el mar ya nunca volvería a ser lo mismo. Sin embargo, quienes temían ser devorados en el océano tampoco habían presenciado muchos ataques del pez en la pantalla: se los habían imaginado. Debido a que la réplica mecánica del tiburón no funcionó de la manera que Spielberg esperaba, hubo que ocultar los colmillos lo máximo posible para permitir que la suspensión de incredulidad se produjera, recurriendo a diversos e innovadores movimientos de cámara (los niños jugando en el agua manchada de sangre; el plano de las piernas de una joven bañista elaborado desde el fondo del mar) que, junto con la indispensable música de John Williams, hacen creer al espectador que está viendo más de lo que ve. Porque el tiburón, en realidad, no aparece mucho en Tiburón.

Sucede algo parecido (aunque por otras razones) en El silencio de los corderos con Hannibal Lecter, a quien tampoco vemos demasiado en el largometraje. Eso sí, el personaje, cuando hace acto de presencia, sugiere más de lo que dice (o nos han contado de él), obligándonos a imaginarnos las atrocidades que este hombre pudo cometer. Lo que nos aterroriza de verdad no ocurre en la pantalla sino en nuestra mente. Pensamos que hemos sido testigos de un festival gore, pero, si repasamos las imágenes, nos daremos cuenta de que dichas escenas no nos las han mostrado sino tan solo insinuado. Después de ver La matanza de Texas, muchos salieron del cine pensando que habían visto una película que, en realidad, no habían visto, porque esas escenas que describían no aparecían en la cinta. (El escritor Joe Hill dijo que daba la impresión de que, más que una película sobre psicópatas, la película la había hecho un psicópata). Tobe Hooper, su audaz director, se ocupó de bordear con perspicacia los límites como para hacernos creer que, en algún momento, éstos se habían cruzado.

En Tiburón y en El silencio de los corderos se ensanchan los "espacios de indeterminación", esos huecos que, de acuerdo con el teórico alemán Wolfgang Iser, los lectores (o los espectadores) tienen que rellenar por sí mismos para darle sentido a un relato que, tanto en literatura como en cine, nunca estará completo del todo, ya que es imposible representar la totalidad del mundo en una obra. En La matanza de Texas, a pesar de no enseñarnos los detalles específicos de la masacre, tenemos una idea clara de cuáles fueron los métodos de tortura aplicados.

En un estudio científico realizado por investigadores de varias universidades, entre ellas la Universidad de Chicago, se llegó a la conclusión de que los aficionados al género de terror están mejor preparados (la resiliencia) para afrontar psicológicamente la pandemia. Se trata de un escenario apocalíptico ya experimentado a través de la ficción, como la saga creada por George Romero, padrino de todo un subgénero. El miedo ya ha sido confrontado en una suerte de simulacro en el cual nos exponemos a un riesgo mortal pero sin padecer las consecuencias. Nos hemos enfrentado al tiburón y ni siquiera lo hemos visto del todo. Sabemos que los monstruos pueden ser groseros y muy educados. Y que, a veces, en las películas de zombis los malos no son precisamente los zombis.

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