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Joaquín Rábago.

El juego de Boris Johnson

Mucho más inteligente, pero también más cínico que Donald Trump, el primer ministro británico, Boris Johnson, se parece, sin embargo, cada vez más en su forma de actuar al actual presidente de Estados Unidos.

Ambos tratan de desviar la atención de sus problemas internos recurriendo al enemigo exterior: Rusia, a la que Londres tacha de "amenaza para la seguridad nacional", o la situación epidemiológica de un tercer país, en este caso España, para ocultar que el suyo es el más afectado de todos los europeos por la pandemia.

Tiene lo que se dice bemoles que el jefe de un Gobierno que no ha dejado de dar tumbos en su estrategia frente al coronavirus -apostando primero por la inmunidad colectiva para reaccionar demasiado tarde con restricciones más bien erráticas- imponga ahora sin previo aviso una cuarentena a quienes vuelven de España de vacaciones.

Y que obligue al Gobierno de Madrid casi a implorar la apertura de corredores aéreos especiales, al menos con las islas, con el argumento incontestable de que la situación sanitaria tanto en las Baleares como en las Canarias es mucho mejor que la de numerosas regiones del Reino Unido.

Esa misma estrategia de distracción es la que emplea ahora el Gobierno conservador británico al anunciar a título particular -ya que el país no forma parte de la UE- sanciones contra altos funcionarios rusos argumentando que es intención del Reino Unido "defenderse de los enemigos".

Londres acusa a Rusia de injerencia en las últimas parlamentarias británicas al difundir documentos obtenidos ilegalmente sobre las negociaciones del Reino Unido con Washington de un tratado de libre comercio con el objetivo de provocar protestas en las redes sociales, algo que Moscú, sin embargo, ha negado.

Tanto Londres como Washington parecen seguir caminos paralelos en relación con China: EE UU se apuntó en efecto un tanto al lograr que el Reino Unido se sometiera a su pretensión de que ningún aliado aceptara la tecnología de última generación de la empresa a Huawei, a la que EE UU acusa de estar al servicio del espionaje chino. Pekín.

Al mismo tiempo, Londres ha decidido desafiar a Pekín ofreciendo la ciudadanía británica a los habitantes de su antigua colonia de Hong Kong, que aceptó devolver a China a condición de que se le permitiera gozar durante algunos años de un estatuto especial, amenazado ahora por la nueva Ley de Seguridad Nacional de Pekín.

Como recuerda justamente en un comentario el diario alemán "FAZ", la última vez que Gran Bretaña se enfrentó tanto a Rusia como a China fue en el siglo XIX: a la primera, que era todavía un imperio, en la sangrienta guerra de Crimea, y a China por la libertad de navegación para su comercio.

Claro que entonces el Reino Unido dominaba los mares y ahora es tan solo una potencia media por mucho que Boris Johnson y su equipo se esfuercen en aparentar lo contrario.

Sin contar con que en aquellos años China no era ni la sombra de lo que es hoy: baste recordar la humillación que supusieron para el país que hoy compite con EE UU por la hegemonía económica mundial las llamadas "guerras del opio".

Como parte de esa estrategia de nueva guerra fría coincidente con la de Washington, el Gobierno de Boris Johnson reclama una presencia reforzada de la OTAN en los Estados bálticos mientras decide enviar su portaaviones Queen Elizabeth al mar del sur de la China, algo que complace también a Trump.

Con un Brexit duro cada vez más probable, Londres parece apostar por el acuerdo con Estados Unidos, su segundo socio comercial después de la repudiada Unión Europea, sin contar al parecer con que la superpotencia defenderá ante todo, como tiene por costumbre, sus propios intereses.

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