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El pecado de no ser de izquierdas

El eterno problema de la derecha política en España es su matiz vergonzante. Aunque no se diga, aunque no se piense, aunque no se admita, la actitud mayoritaria en la práctica suele ser la de hacerse perdonar el pecado de ser de derechas. Por eso se suele matizar con expresiones que tratan de rebajar la intensidad del confesado derechismo, como si dijéramos es verdad que soy de derechas pero no demasiado, solamente lo indispensable . El gran hallazgo del contrapeso justificativo es el de anteponer la palabra centro. No otra cosa, a la vez, supone la P de Popular que es como un intento de introducir el concepto natural de pertenencia al pueblo llano, de estar en el medio de la gente, de eludir cualquier tipo de adscripción a una tendencia que se sobreentienda conservadora a ultranza y por ello acaso pudiera ser tachada de cierto elitismo o, lo que es peor, de un inmovilismo radical.

Esto puede explicar en cierta manera la, al parecer, más que imposible unión, siquiera sea circunstancial, de las tres derechas de España. Que, como diré, yo creo que en la práctica son cuatro. Hablando en general, sin entrar en demasiadas matizaciones, parece que la derecha más auténtica sería la más real, la que pone el acento en el mantenimiento de lo que hay con las adecuadas actualizaciones y sin cambiar la estructura básica de lo que funciona en la situación actual sin emprender aventuras de inciertos resultados.

Hablando en plata, pero dicho con cautelas, la derecha más auténtica estaría representada por el hoy llamado Partido Popular. A su izquierda, ma non troppo, situaríamos lo que queda de Ciudadanos, es decir, Inés Arrimadas con los escasos restos del partido. Y a su derecha, el tan ferozmente demonizado y al tiempo tan temido Vox que haría bien en aparcar su propuesta más audaz pero comprensible, como es la desaparición de las autonomías, punto menos que inviable en las circunstancias actuales. En esas estábamos cuando irrumpe con fuerza una modalidad conservadora más audaz, auténtica y triunfante: la de Feijoo que arrasa en Galicia y con propina.

Formación interesada además en subrayar sus propias características y una muy ligera proximidad al PP, casi a nivel de simple y cortés simpatía de antigua cercanía. Pero a la vez mermando las posibilidades del propio Casado, quien queda a verlas venir. Diríamos que se trata de un hábil galleguismo a ultranza, venido a más y con estilo propio, que subraya sus diferencias con el núcleo duro de los populares ( Aznar, el primero). Es verdad que el "feijooismo" dicho sea con licencia se refiere a Galicia, aunque para nadie es un secreto por los signos externos que el presidente gallego no perdería la ocasión de alcanzar la meta nacional si vienen mejores tiempos.

Diríamos, pues, que tenemos cuatro derechas. Lo cual, lejos de ser una riqueza compone el mayor de los inconvenientes porque ninguna de ellas aceptaría renunciar no ya a su propio programa, que también, sino a sus posibilidades de liderar el sector y llevarse el gato al agua. Es a la vez el gran problema de los personalismos, que no buscan primero el servicio a la comunidad sino el triunfo del partido y, en definitiva, del yo.

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