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¿Qué celebramos?

A su regreso de Bruselas, el Presidente hizo una entrada triunfal en La Moncloa, donde fue recibido por los ministros con palmas, que él correspondió con un aplauso brazos en alto. Horas después, exhibió su ufanía en el Congreso, donde se repitió la escena con los grupos parlamentarios de los partidos que forman el gobierno. Luego, en la sesión de control, capitalizó el resultado del Consejo Europeo, presentándolo como un triunfo, y no desaprovechó la ocasión de brear al líder del PP, al que quiso ridiculizar. Esta actuación delata un estilo político.

Concluida la reunión con los gobernantes europeos, Pedro Sánchez compareció ante la prensa para anunciar el acuerdo alcanzado y mostrar su casi plena satisfacción. Mencionó las impresionantes cifras de todos ya consabidas, pero no explicó los términos del trato. Por ser uno de los países más castigados por la pandemia y tener una economía debilitada, la Unión Europea pone a disposición de España una cantidad importante de dinero para impulsar su recuperación, una parte en forma de transferencias y otra parte en crédito. No es un dinero que el ejecutivo pueda utilizar discrecionalmente mañana mismo. A Pedro Sánchez le faltó la prudencia necesaria para advertir a los españoles que el acuerdo incluye controles, deuda, recortes en políticas de la Unión, la previsión de un aumento de las contribuciones y un intrincado etcétera, tanto en los procedimientos como en su finalidad.

En primer lugar, el propósito del acuerdo es financiar planes acordes con las recomendaciones y los objetivos de la Comisión. En segundo lugar, debe ser ratificado por cada uno de los parlamentos de los países miembros, en los que va a encontrar oposición. Y, en tercer lugar, el gasto será evaluado previamente y a posteriori por los órganos dirigentes de la Unión, es decir, por el resto de los estados, que evaluarán de principio a fin el destino y el uso de los fondos. Todo ello deberá hacerse en el espacio temporal máximo de un lustro.

Por todo lo anterior y vistos el retraso acumulado en la realización de reformas estructurales consideradas urgentes, la experiencia con los recursos aportados por Europa en las últimas décadas y el panorama político interno, el acuerdo supone para España un gran desafío, de dimensión histórica. No es el salvavidas de un gobierno que se encuentra en una situación complicada, sino una oportunidad única para un país en serios apuros que recibe una ayuda necesaria de sus vecinos.

En consecuencia, la sociedad española tiene que hacer un esfuerzo por estar a la altura del reto y suscitar confianza en nuestros socios. La opinión pública europea nos sigue atentamente. El gobierno es responsable de coordinar y liderar el empeño. Los partidos y las organizaciones sociales deben mostrar su voluntad de colaborar y hallar la manera de hacerlo. Estas líneas sonarían a pura retórica si no fuera por la actitud inapropiada de los dirigentes políticos, que ha quedado demostrada de nuevo en la sesión semanal del Congreso, con el acuerdo de Bruselas ya sobre la mesa. Pedro Sánchez, al frente de un gobierno con notables discrepancias internas e incapaz de mantener una línea política coherente, trata de apropiarse del logro, apartando al PP del mérito de sus posibles frutos. Por su parte, la comisión para la reconstrucción ha resultado un ensayo fallido de la tarea que debemos emprender sin demora. Cualquier cosa parece posible en la inminente tramitación de los presupuestos. Para colmo, el ejecutivo se desfleca por el lado de Podemos, problema que promete agravarse con la gestión del acuerdo de Bruselas, producto de la confluencia en Europa de socialdemócratas, liberales y conservadores, que están llamados a consensuar aquí también, por más que se resistan a ello.

En resumen, el aprovechamiento del dinero que la Unión Europea pone a nuestra disposición definirá en los próximos años una vez más la coyuntura histórica de España. Es una ocasión de oro, pero llegamos a ella con un gobierno que lucha por sobrevivir y una profunda escisión política en la sociedad. Parafraseando el lenguaje del fútbol, la gran metáfora de la vida, aún no hemos conseguido nada. Aunque lo cierto es que la cumbre de Bruselas nos concede muchas posibilidades y solo dependemos de nosotros mismos, no será un camino de rosas.

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