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La mascarilla que mide nuestro talante

Las dos socorristas que ejercían su labor en la playa daban el aviso cada poco. Lo hacían con un altavoz portátil mientras caminaban al borde del agua. "Buenos días, recordamos que es obligatorio el uso de la mascarilla al entrar y salir de la playa y durante los paseos". Solamente no lo es durante el baño, señalaba una de las jóvenes que vigilaban las aguas para la tranquilidad de los bañistas. Era una de las jornadas plenamente veraniegas que disfrutamos desde que comenzó este atípico verano. El arenal estaba bastante lleno pero se guardaban bien las distancias recomendadas.

El llamamiento de las socorristas tenía su razón: muchos playeros no llevaban protección ni en la muñeca, caminaban en grupo y se cruzaban sin guardar distancia alguna con quienes venían en sentido contrario. Eran unos despreocupados potenciales contagiadores. Quizá muchos ignorantes de que la mascarilla no solamente protege al que la lleva bien puesta sino que evita que quien no la lleve es un presunto contagiador. Es decir, quien no se la pone es quien lleva el peligro a los demás. No es el más valiente.

Sin embargo no faltaban los que disentían. "Nos están quitando la libertad", argumentaba un playero recién llegado al arenal que discutía la obligatoriedad en un corro de gente. Esas medidas restrictivas, decía, "coartan nuestra voluntad" para hacer lo que nos dé la gana. Sin subir de tono y casi bromeando, otro del corro le dijo que "tu libertad limita con la libertad de los demás". La cosa no fue a más pero quien protestaba contra la obligatoriedad de llevar mascarilla continuó sin ponérsela.

Es difícil conseguir que quienes no se ponen este simple protector se lo pongan, salvo que les impongan una sanción. Pero quizá sea más difícil sancionarlos porque nadie quiere enfrentarse a quien se cruza sin mascarilla. Nadie se atreve a denunciar al infractor, sobre todo si es un desconocido o no muestra síntomas evidentes de sufrir la enfermedad. Tampoco los socorristas tienen posibilidad de obligar a alguien a colocarse el protector y han de avisar a las fuerzas de orden público del incumplimiento de la norma pues sus atribuciones no alcanzan más que la atención de las aguas de baño. Claro que policías solamente hay en playas urbanas. En el resto ni hay agentes locales ni la Guardia Civil abarca tanta costa.

De todas formas, la mascarilla parece estar dando algunas pistas del nivel de convivencia en nuestra sociedad. Política, social y anímicamente. Políticamente porque indica la tendencia de las personas ante la cosa pública, su ideología, su posición ante el hecho democrático, porque demuestra una incapacidad de implantación de la ley en cualquiera de sus territorios. Socialmente porque señala a quien no cumple esa ley. Y anímicamente muestra el sentido de las personas ante una pandemia casi desconocida científicamente, que mata, que sigue sin erradicarse, que afecta a muchos miles de personas, familiares, amigos, compañeros, gente cercana con quien convives a diario, en casa, en el trabajo, en el vecindario, en el mercado, en el paseo. Un sanitario divulgador señalaba estos días que empiezan con B los seis causantes de los nuevos brotes (bodas, bautizos, banquetes, bares, botellones y barbacoas). Puede que le falte otra B, la de bobos. Como los que no se ponen el cinturón cuando se suben a un coche.

Así pues, las mascarillas o las mamparillas sanitarias, nos dan idea del talante de las personas, de su ideología, de su grado de asunción política, de su disposición a cumplir la ley, de su solidaridad, de su responsabilidad y hasta de su gilipollez. Y, mientras el que se negaba a colocarse el protector al llegar a la playa seguía mostrando su oposición, volvía a oírse el llamamiento de las socorristas para que todos nos pusiéramos la mascarilla.

Pero nadie les hacía caso.

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