Tan acelerada está la historia que apenas da tiempo a procesar los acontecimientos. Veamos. Del coronavirus pasamos a las protestas y de las protestas al coronavirus. Hubo un momento en que algunos medios de comunicación decidieron que ambas crisis no cabían en una misma pantalla ni en una misma página. Y un espectador o lector despistado podía pensar que ya habíamos dejado atrás la trama vírica para irnos por otros derroteros dramáticos. Pero hemos comprobado que no es así. Ambos asuntos pueden coexistir en un mismo espacio. Estamos, también, en plena campaña, y todo parece indicar que las próximas elecciones de noviembre serán las más importantes de los últimos años. Ya no habrá voto de castigo sino el castigo que puede provocar el voto. Algunos políticos han aparecido en las televisiones quejándose porque tienen que ponerse la mascarilla. Otros presumen de no llevarla puesta. Otros sienten que su libertad está siendo atacada cuando ven una mascarilla. Y ya existe un movimiento "antimascarilla" cuyo último logro ha sido encontrar una mascarilla que no protege del coronavirus. La llaman (no es broma) la "mascarilla antimascarilla".

El presidente, al parecer, no se comunica desde hace unas cuantas semanas con Anthony Fauci, el mayor experto en enfermedades infecciosas, y, de acuerdo con algunas informaciones publicadas, tampoco le gusta mucho involucrarse en un tema tan desagradable y tedioso. En un mitin confesó haberle pedido a su "gente" que dejaran de hacer tantas pruebas del virus. Sus asesores sugirieron después que se trataba de una broma. Pero luego, muy serio, el presidente afirmó: "Yo no bromeo". E insistió de nuevo en que hacer muchas pruebas se traduce en un mayor número de casos. Y todos sabemos, claro, que eso es un mal negocio. Aquí de lo que se trata es de salir reelegido. Con la Biblia en la mano y el virus en el cajón. Hay que hacer lo que haga falta para evitar que le llamen loser.

Estamos en campaña, como decíamos, y en campaña suelen ocurrir cosas curiosas. Un locutor de radio muy influyente, Rush Limbaugh, dijo que los estadounidenses deberían "adaptarse al coronavirus" como los "pioneros que tuvieron que recurrir al canibalismo". La vida es dura, caballeros. A este señor, Trump (la misma persona que no se habla con el mayor experto en enfermedades infecciosas del país y no se aclara con lo de las pruebas del virus) le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. Y por la libertad (de los caníbales) está luchando desde su micrófono. Puede que sus oyentes agradezcan el exhibicionismo de bravura. Aunque esa perspectiva, tanto la del negacionismo grotesco como la del macho que se golpea el pecho desafiando en la jungla al Covid-19, suele cambiar radicalmente cuando se padecen las consecuencias sanitarias de dichas recomendaciones.

Tucker Carlson, otro salvador de la civilización occidental que imparte lecciones en su programa de Fox News sobre los efectos corrosivos de las políticas de identidad y recuerda siempre que las personas no deberían ser juzgadas por su color de piel (especialmente los blancos), tenía como redactor jefe a un tipo que se dedicaba a publicar en internet, de forma anónima, comentarios racistas, homófobos y xenófobos. El escándalo, con la correspondiente dimisión del troll, surgió poco después de que Carlson cuestionara el patriotismo de la senadora demócrata Tammy Duckworth, quien perdió sus dos piernas sirviendo en Irak y obtuvo un Corazón Púrpura. Una extraña manera de manifestar el "odio hacia Estados Unidos". Pese a todos los dislates descritos anteriormente, muchos republicanos se han sumado, con mayor o menor entusiasmo, a esta forma de hacer política y de hacer periodismo. Y seguirán haciéndolo, supongo, hasta que la ciencia (o el voto) se interponga en su camino.