Opinión
Matías Vallés
Un "remake" de Woody Allen rodado por una directora
El problema del artista despreciable con obra inapreciable fue resuelto de un plumazo por Borges, quién si no. En "Pierre Menard, autor del Quijote" compone un relato de humor que en toda la historia de la literatura solo encuentra parangón en Wodehouse. El personaje borgiano escribe varios capítulos de la novela de Cervantes, con las mismas palabras y signos de ortografía. Por supuesto, el resultado no guarda relación con el original cervantino, va más allá de la recreación para instalarse en la novedad. Y en la fracción que aquí nos interesa, el Quijote de Menard queda desprovisto de todos los vicios personales del manco de Lepanto.
Ya solo nos queda trasplantar este método liberador a una situación más acuciante. Estamos obligados a odiar a Woody Allen, y simultáneamente nos resulta imposible desvincularnos del impacto de sus películas, que llevamos grabadas en el ADN. La traslación simétrica de Borges nos ofrece una salida honrosa. Se trataría simplemente de rodar un remake de "Annie Hall" o de "Hannah y sus hermanas" con una directora. La recreación de clásicos es un crimen habitual, según podemos acreditar los amantes de Robin Hood.
Se alegará que ninguna mujer aceptará mancharse con un producto del clarinetista, pero hay precedentes de la indiferencia de género ante la condena universal que recae sobre Woody Allen. Por ejemplo, la editora francesa de su aclamada autobiografía, la octogenaria y arrojada Jeannette Seaver. Supongamos pues que vencemos la recepción hostil, y que encontramos a una cineasta dispuesta a dirigir "Misterioso asesinato en Manhattan II". Para subir la apuesta, convendría contratar a una directora de color. Nadie debe indignarse por esta precisión, cuando Joe Biden busca a una vicepresidenta negra para garantizarse la victoria sobre Donald Trump sin salir del ataúd.
Sorteados estos obstáculos, los enfermos de Woody podríamos contemplar sus títulos reconstruidos sin problemas de conciencia, lo cual incluye reírse a mandíbula batiente con la línea del Papa pedófilo o paladear a Wagner como incitación a invadir Polonia. Se compensaría además nuestro trauma actual. El mejor cómico del último medio siglo se encuentra en el paro, mientras hemos de soportar a centenares de Pierre Menard que se apropian de fragmentos o de películas enteras del genio sin reconocerlo.
Claro que son seres de una moralidad intachable, que después del rodaje se reúnen con sus familias en una mansión californiana de cuidado césped.
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