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Francisco García.

Billete de vuelta

Francisco García

Guerra de estatuas

La especie humana se nos cae a cachos del pedestal, como los Budas de Bamiyán que dinamitaron los talibanes o las estatuas en acoso y derribo en ciudades principales de Estados Unidos, inesperada respuesta de la ira ciudadana contra la violencia policial que ha elevado a los altares al beato Floyd, protomártir viral del siglo XXI, San Melchor de la causa afroamericana. Si lo que distinguía a la civilización occidental de los practicantes desalmados de la yihad era su capacidad robusta para ahuyentar al fanatismo, tal distinción rueda hoy por los suelos o acaba en el fondo del río, como el bronce del esclavista Colston en Bristol. Si se hace preciso blindar la efigie londinense de Churchill de los ataques de una turba iconoclasta bajo la acusación sumaria de "racista", que se vayan preparando trampantojos para esconder las vergüenzas de ilustres inquisidores.

La "guerra de las estatuas" es una muestra, con evidente riesgo de transmisión pandémica, de la nueva ola ideológica que propone la censura permanente del pasado. Parece que la historia sólo es juzgable desde los ojos de la actualidad. Este maremoto reciente de indignación narcisista sólo valora el presente. Y así, se empieza por meter el dedo del Colón de Virginia en el ojo de Trump y se corre el riesgo de desmontar una a una las piedras venerables del Coliseo romano, parque de atracciones sangriento de un pueblo opresor. Acaben estos nuevos muyahidines del hundimiento de Occidente con el viejo Disneyland de la dinastía Flavia.

Si HBO ha excluido de su parrilla "Lo que el viento se llevó", que echen a temblar los repositores de Televisión Española el día que al clan morado se le meta entre ceja y ceja y coleta "Verano azul".

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