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escambullado no abisal

La casa dividida

Arde Estados Unidos. Ardió Tulsa en 1921, Detroit en 1967 o Los Ángeles en 1992. Ardía Mississippi en sus cruces flamígeras. Cada cierto tiempo, las tremendas tensiones tectónicas que palpitan bajo su corteza social se liberan como en un terremoto. Cualquier acontecimiento puede convertirse en la fractura que lo desencadene: hoy el asesinato de George Floyd como entonces la paliza a Rodney King. De repente, un vídeo condensa esa violencia estructural, prendiendo la sensibilidad que la cotidianeidad ha aletargado. La madre de Emmett Till destapó el ataúd durante su funeral, en verano de 1955. Quería que todos contemplasen el rostro de su amado hijo adolescente, deformado a golpes por silbarle supuestamente a una mujer blanca. Aunque se podía imaginar su carne tumefacta bajo la madera, urgía exponerla: concreta, identificable, todavía humana aunque ya yerta.

Estados Unidos es un país extraordinario, el único permanentemente democrático desde su creación, patria del mestizaje y de la libertad individual, motor empresarial y cultural del mundo. Es también un crisol en permanente conflicto, cosmopolita y evangélico, tolerante y fanático, munificente y colonial. Se fundó como república esclavista y todavía no ha resuelto sus contradicciones.; la casa dividida que Lincoln describió. No lo remedió la emancipación, pues las leyes Jim Crow los consignaron "iguales pero separados", ni tampoco los derechos civiles que contra esa segregación racial promulgó Johnson un siglo después. Una rodilla sobre el cuello ha vuelto a despojar al sistema de su ficticia armonía. "No puedo respirar", resuellan los negros. No es por su felicidad la búsqueda que se proclama. Jefferson, que redactó la declaración de independencia, poseía 600 esclavos.

Pero nos equivocaríamos si pensamos que esa enfermedad afecta exclusivamente a la sociedad americana. España se edificó sobre la purga religiosa y la uniformidad étnica. Ha emigrado más que acogido. Ha sido su vertebración plurinacional y su cainismo político los que la han tensionado. Pero igual han asomado el racismo y la xenofobia cuando a un colectivo lo hemos percibido como ajeno, especialmente en épocas de crisis. El componente común es la pobreza, que es realmente la raza a la que despreciamos; la desigualdad, cuyas mareas vivas la pandemia alimenta en tantos países.

A muchos les han sorprendido las algaradas callejeras o se han limitado a indignarse contra ellas. De nada sirve si no se diagnostica ni se cura el malestar que las ha generado. Hacia el final de su vida, Malcom X se había aproximado al pacifismo de Martin Luther King, pero también éste hacia la beligerancia del otro. Nosotros habitamos sobre esa misma rabia, que es un río subterráneo de lava cuyo calor podemos percibir. El cincuentón desposeído y el adolescente desesperanzado aquí en Galicia tienen la piel y el alma del mismo color que un amotinado de Mineápolis. "Cando van, van como rosas; cando vén, vén como negros", cantaba Rosalía a su pueblo, que sigue consumiéndose.

En Occidente nos consideramos herederos de Roma. Olvidamos a los esclavos que la edificaron y contra la que se alzaron, como Espartaco, en las guerras serviles. Su anhelo no se ha desvanecido. La casa seguirá dividida, también la nuestra, cuando la furia amaine. Otro paréntesis. Hemos escogido vivir como en California, felices al sol entre terremoto y terremoto, fingiendo que nunca llegará ese "big one" que lo arrasará todo. Pero la tierra cruje.

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