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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La ética y la estética

A poco que tome distancia -algo que parece ajeno a su voluntad-, la mayoría de la gente del oficio político va a tener difícil devolver a la sociedad civil un cierto sosiego. Algo que se afirma desde la opinión personal, pero que se argumenta con la mera atención al desarrollo -por ejemplo- de las sesiones de control parlamentario en las Cortes o algunas Cámaras autonómicas. Y que no implica tal control: parecen una imitación de los combates de boxeo -o los duelos tipo "OK Corral- en que los contrincantes buscan la liquidación -por ahora solo dialéctica- del rival; o, si no, machacarlo lo bastante para eliminar su capacidad de respuesta.

(Eso es lo ocurrido esta semana en el Congreso. La oposición, con mejores o peores formas, procuró más la cabeza del ministro del Interior que su cargo; y no es lo mismo, aunque lo parezca, de igual modo que para obtener la renuncia del señor Grande Marlasca no vale cualquier cosa. Cierto que el ministro no dijo toda la verdad en el asunto de su actuación en el relevo de cargos de la Guardia Civil ni tampoco en la "casual" decisión de la equiparación salarial con las policías autonómicas pero eso, el camuflaje dialéctico, forma parte de los gajes de todo el oficio. Por más que se pueda discutir tanto la ética como la estética.)

Con las cosas así, llegó el que faltaba: Murphy. En espírito, o por mejor decir, en el de su famosa ley, porque lo que ya era difícil de soportar aumentó en intensidad. Y también el nivel de agresividad, en el que se han distinguido de forma especial tanto Pablo Iglesias como Cayetana Álvarez de Toledo. Porque sin hacer comparaciones, siempre odiosas, aquel faltó otra vez al respeto al referirse a "los ricos" -en este caso la aristocracia- y la portavoz del PP replicó llamándole "hijo de un terrorista" por la antigua militancia del padre del líder podemita en el FRAP, un grupo violento al final del franquismo.

Desde una opinión personal, las dos conductas resultan inaceptables. La de Iglesias, por incidir en sus -habituales- descalificaciones injuriosas que lleva a cabo cada dos por tres contra sus adversarios. La de Álvarez de Toledo por aludir a la genealogía segundos después de admitir que "los hijos no son responsables de lo que hacen sus padres". Y, a la vez, por olvidar la democrática Ley de Amnistía, que no es un indulto y que no elimina la memoria pero en cierto modo "limpia" la historia delictiva de los beneficiados. Y ella lo sabe.

Y como lo susceptible de empeorar empeora -y a veces contagia-, aparece el desafío del candidato del PSOE a la Xunta, que emplaza al presidente Feijóo a una serie de duelos con él y, aparte -porque aunque sea socialista, ve clases-, al resto. O sea, que condena a la audiencia de la TVG a que pase la campaña ante su pantalla: es demasiado hasta para don Gonzalo. Quien, por cierto, viene de hacer el ridículo -y es también punto de vista personal- con sus denuncias a la actuación del Gobierno gallego frente Covid-19. Y eso, además de lo dicho, es lo que este Reino no necesita ahora: la vergüenza de una polémica electoralista sobre una pandemia que aún persiste.

¿O no?

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