03 de mayo de 2020
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Si no se puede ser claro, lo mejor es callarse

03.05.2020 | 02:13
Si no se puede ser claro, lo mejor es callarse

Escribió Baltasar Gracián en su obra "El arte de la prudencia. Oráculo manual", publicado en 1647. Ser claro. No solo con facilidad de palabra sino con una mente lúcida. Algunos piensan bien pero se explican mal: sin claridad los hijos del alma (decisiones e ideas) no salen a la luz. Algunos se parecen a esas vasijas que absorben mucho pero dan poco. Otros, por el contrario, dicen mucho más de lo que sienten. Lo importante es una gran claridad al adoptar decisiones y pensar. Se aplaude a los escritores claros y a los confusos se les venera por no entenderlos. A veces conviene la oscuridad para no ser vulgar. Pero ¿cómo entenderán los que escuchan si los que hablan no tienen idea clara de lo que dicen?

A favor de la claridad de pensamiento y de expresión, se manifestó también Ortega y Gasset, el cual en su obra "¿Qué es filosofía?" afirma que "la claridad es la cortesía del filósofo". Fiel a esta máxima Ortega expuso su denso pensamiento en todos sus escritos de un modo tan accesible que lo hacía compresible incluso para quienes no tenían mucha idea de filosofía. Lo cual, aunque parezca lo contrario, solo está al alcance de los verdaderos maestros.

Mas recientemente, el filósofo argentino Mario Bunge, que acaba de fallecer el 24 de febrero de este año en Canadá con 100 años de edad, decía que Heidegger fue un pillo que se aprovechó de la tradición académica alemana, según la cual lo incomprensible es profundo. Como prueba de que tenía razón Bunge citaba las siguientes frases del filósofo alemán: "El ser es ello mismo" o "El tiempo es la maduración de la temporalidad", que son expresiones que no significan nada, propias de un esquizofrénico (Bunge habla de "esquizofacia"), y que, como la gente no las entiende, piensa que deben referirse a algo muy profundo.

Por mi parte, al igual que Gracián, Ortega y Bunge, pienso que están equivocados los que equiparan lo incomprensible a lo profundo y lo claro a lo superficial. Para mí, lo incomprensible es simplemente eso: algo que no se entiende. Y cuando un pensamiento no es tenido por claro por los que deberían comprenderlo, es que está oscuramente concebido; por tanto, solo puede ser confusamente transmitido; y, como consecuencia de ambas cosas, es imposible que sea rectamente entendido por sus destinatarios. En lo único que coinciden el pensamiento incomprensible y la profundidad es en la oscuridad que rodea a ambos.

Por eso, cuando dice Gracián que "se aplaude a los escritores claros y a los confusos se les venera por no entenderlos. A veces conviene la oscuridad para no ser vulgar", creo que venerar a los escritores confusos por no entenderlos denota en los que así piensan inseguridad y cobardía. Lo primero porque son incapaces de fiarse del juicio crítico que primeramente les dicta su razón; y lo segundo, porque les falta valor para revelar su falta de comprensión del pensamiento oscuro. Y con respecto a la afirmación de que "a veces conviene la oscuridad para no ser vulgar", conviene recordar la frase del presidente Abraham Lincoln cuando dijo que "es mejor estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar la duda". Entre la oscuridad y el silencio hay que optar por el silencio, así lo exige el respeto a los destinatarios de las opiniones ajenas.

Incluso voy más allá que Ortega porque pienso que la claridad es algo más que un acto de cortesía; dentro del nivel propio de cada materia académica, expresar con claridad el pensamiento es algo más que un "acto de atención, respeto o afecto" del pensador hacia su público. Es un deber, una obligación; y no solo del filósofo, sino de todos aquellos que tienen que explicar ideas a los demás, ya sean propias o ajenas. Tratar de ser claro es un comportamiento al que vienen obligados todos los docentes, y que no puede ser omitido pretextando la supuesta profundidad del pensamiento. Porque quien no es capaz de explicar algo claramente es porque él mismo no lo comprende bien. Por eso, para iniciar el camino hacia la claridad, tal vez deberíamos empezar por sustituir la pregunta: ¿me entienden? -que solemos hacer y que lo que verdaderamente denota es prepotencia-, por la más humilde de: ¿me explico? Lo malo es que más de una vez nos dirían que no.

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