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Soserías

Un alivio como ministro

De nuevo me veo obligado a salir en defensa de personas bienintencionadas a las que una opinión pública inmisericorde vapulea de palabra porque no puede hacerlo de obra. Es el caso del ministro de Universidades a quien se acusa de cultivar ausencias, de asesinar expectativas, de profesar un silencio misterioso, de practicar en fin un abandono entre bohemio y distante y no sé cuántas otras tropelías.

Es verdad que, cuando su nombre se hizo público, algunos entusiastas le encumbraron a la vista de su pasado académico y creyeron ver señales venturosas en el firmamento político: un especial titilar de sus estrellas, un fogonazo prometedor en los cielos, guiños cómplices del sol y de la luna? nunca hice caso de tales excesos expresivos. Pero me mantuve alerta a la espera de sus primeros movimientos, confiado, intuyendo que sus maneras permitían albergar las mejores perspectivas.

Ahora bien, nunca presentí que iba a colmar con tanta intensidad mis deseos. Ni en los más venturosos sueños pude imaginar que el ministro demostrara tan pronto y con tanta elocuencia que él se había encaramado en lo alto del escalafón político para no hacer? absolutamente nada.

¿Se puede esperar mayor y mejor educación? ¿Hay alguien más respetuoso con los enrevesados negocios de la cosa pública que quien se niega a intervenir en ellos? Claro que podría hacerlo, saberes no le faltan y aptitudes le sobran para dar conferencias de prensa y rellenar el Boletín Oficial con ideas benéficas pero él, a la manera de un monje sencillo, ha preferido administrar el sacramento de la modestia y entregarse a la dura disciplina de la prudencia. Por algún sitio del Leviathan, Hobbes desempolva palabras enterradas en el Antiguo Testamento que vienen aquí al pelo: "tu Ley ha ardido, por tanto nadie sabe de tus obras ni de las obras que has de empezar".

Con esta actitud franciscana se ha despojado de un grillete -tan convencional como estúpido- según el cual quien se convierte en ministro, a veces por el simple dedo de un doctor a la violeta, debe entregarse a molestar al vecindario con ocurrencias y novedades.

Tal disposición de ánimo, que las personas mesuradas aplaudimos, no es nueva pues en el pasado se han dado también estos ejemplos.

Hace años fui testigo de una conversación entre el académico Emilio Alarcos y un prócer, asturiano por más señas, que había ocupado también la cartera de Universidades.

-Fuiste el mejor ministro que han tenido las Universidades españolas -le dijo el inolvidable y cáustico Emilio.

Ronroneó el lisonjeado:

-No, no, ha habido otros compañeros también buenos ministros ?

-Pero nadie como tú: no hiciste absolutamente nada y eso es lo que más podemos agradecer los universitarios.

Con todo, y pese a su contención, un par de innovaciones se deben a nuestro actual ministro. De un lado, ha decidido que las Universidades pactarán con los estudiantes la forma y el contenido de los exámenes, lo cual es como pactar con las ranas la desecación del charco en el que viven pero nadie negará que estamos ante un alarde democrático de mucha calidad. De otro, ha anunciado que no habrá aprobado general sino "progresión general", un hallazgo coherente pues a un gobierno de progreso le viene la progresión como anillo al dedo.

Queda desde este momento abierto el plazo para depositar óbolos con el fin de erigir un monumento al señor ministro de Universidades. Un alivio como ministro. Un ministro de alivio.

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