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Balada para una cuarentena

Estas calles sin voces ni palabras cuya desnudez traspasa el viento y este sol que alumbra el silencio dañan mi mirada tanto como hieren mi alma. Un veneno invisible se ha adueñado del aire, como un orballo encubierto que cala hasta los pulmones. Vivimos retraídos, acochados, doloridos por la desolación ajena, y contenemos la respiración mientras regamos las horas con paciencia y esperanza, rumiando una y otra vez el mismo día.

Las muertes intimidan y la congoja ciñe el corazón. Leo las cifras y soy incapaz de representarme exactamente esa realidad. Más de 21.000 muertos. No caben en la imaginación todas las lágrimas, todas las vidas, todo el dolor. Tenía razón Schopenhauer. A pesar de que el hombre es esencialmente voluntad de vivir, la vida misma es dolor, y la felicidad, algo ocasional y pasajero. Hoy es así, con una intensidad pocas veces sentida. Probablemente nunca hemos sido tan conscientes de nuestra vulnerabilidad. Y después del dolor, vendrá el paisaje devastado, la desolación de los desposeídos, la reconstrucción de las ruinas y, tal vez, un muro para el olvido.

Escribo de madrugada y sé que este mismo silencio que nos muerde en las entrañas me envolverá durante todo el día. Ya nada diferencia el día de la noche. Nos acompaña siempre la misma incertidumbre, en el ocaso y al rayar el día.

Solo se oyen las gaviotas y el espumar de las olas, el gotear de la lluvia y la respiración agitada del viento. No hieren las palabras, hiere el silencio. Ojalá este sigilo de cuarentena nos ayude a descender a la cripta de la vida para oír allí otra voz que no sea la confiada algarabía de la que venimos. Parémonos, como hacía Machado, a distinguir las voces de los ecos, para escuchar solamente, entre las voces, una. Las demás son ruido y confusión.

Cuando nos ronda la muerte en esta oquedad de silencio y quietud, resuenan las viejas preguntas que se agitan en el fondo de la conciencia, aquellas que brotan de la esencia misma del ser humano enfrentado a su fatalidad y condenado a morir sin una respuesta cierta.

A lo más que llega el hombre es a forjarse su propia respuesta, si es que a ello alcanza. Esa búsqueda incesante no es sino, en última instancia, la historia misma del pensamiento filosófico enfrentado a la pregunta abismal sobre la existencia, que es tanto como preguntarse por su acabamiento, y el porqué -o tal vez el para qué- de esto que llamamos vida, de esto que llamamos universo e infinitud, de esto que llamamos hombre, de aquello que llamamos muerte.

Y de pronto, nos topamos con los versos estremecedores de Heine: "Y no dejamos de preguntarnos/ una y otra vez/ hasta que un puñado de tierra/ nos calle la boca./ Pero ¿es esto una respuesta?"

Que este apagón de los días, este silencio de cuarentena -acaso cuaresma de la vida misma- nos devuelva la voz propia, no la del bullicio ensordecedor que nos distrae, sino la del diálogo con uno mismo, hondo y descarnado.

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