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Pactos

Cuando el pasado fin de año emprendíamos la ya centenaria tradición de las uvas de la suerte, al acorde ceremonial de las doce campanadas, nadie vislumbraba la devastación que este 2020 nos tenía reservada. Una cruel e inacabable pesadilla.

Como recios valedores de este tiempo, en el que solo los más irreductibles accidentes podían socavar nuestra eventual resistencia, nos creíamos a resguardo de avatares, gripes y demás virus. ¡Qué decir ya de una pandemia! Con la mejor sanidad del mundo, los científicos más solventes, un entramado de laboratorios de lo más puntero, una higiene como nunca usamos y unos vastos conocimientos en los diversos saberes. Cuando, además de prevenir, somos capaces de ajustar atinadas respuestas a los enmarañados retos que el destino pueda depararnos. ¿Por qué preocuparnos? Gripes, viruelas, pestes, eran males de otros tiempos. Al fin y el cabo somos los reyes de la creación. ¿Acaso no fuimos los mismos que exigían al Sol rendirnos pleitesía, aunque para ello tuviera que desviar su trayectoria y girar alrededor de la Tierra? ¡Cómo íbamos a reparar en advertencias catastrofistas! ¿Quién era Bill Gates, más allá de un capitalista propietario de unos medios de producción con los que explotar a la clase trabajadora, tal vez para redimir sus pecados?, como dirían algunos de recurso fácil, aunque de preocupante actuar. O, siquiera, ¿cómo puede venir el cirujano Pedro Cavadas a alterar la paz social con ese alarmismo? Él y otros. ¿Cómo se atreven?

Para nuestra desventura, aquellas predicciones pastorean hoy la realidad y nos ofrecen una llamada a no reescribir desaciertos, y sobre todo a poner fin a la enorme zozobra que habita en una población rendida al confinamiento. La misma que afanosamente busca una rendija por donde avistar un futuro, nunca tan incierto. Porque virus como los SARS, Zica o MERS han sido el feroz preludio de una pandemia que, más allá de traer recelo y miedo sobre nuestras esperanzas, que lo ha hecho y a espuertas, ha robado los mejores años de vida a muchas gentes que hoy tan solo pueden ser lloradas en silencio. El coronavirus es la guerra que a nuestras convergentes generaciones ha correspondido afrontar, con una primera línea sanitaria en trinchera a la que nunca agradeceremos bastante el poner en riesgo su vida para salvaguardar la nuestra. Afrontamos una de esas guerras de guerrillas a las que tanto nos remite nuestra historia y en la que vamos venciendo, sin ganar más que dolor y esperanza. Dolor, ante tanto sufrimiento, y esperanza a la que habrá de dar contenido y realidad una clase política más enredada en buscar recaudo a su opción que dar cumplida respuesta a tanta legítima y merecida demanda.

Desde el Gobierno se llama a rebato para lograr un acuerdo que ponga recursos y objetivos sobre un calendario fiable. Y nada apreciarían tanto los españoles como dar fe de que nuestros partidos políticos, sobre todo los cuatro de mayor representación, son capaces de anteponer el interés general de cuarenta y seis millones de personas al particular de su estandarte y alcanzar un pacto de Estado. Es obvio advertir que ningún crédito ofrecen quienes, como siempre, acuden a cada cita con las fronteras a cuestas y la ofensa por divisa, al igual que el PNV, a quien nunca se le olvida la calculadora en casa. No parece, sin embargo, que los escarceos preliminares ofrezcan razones al optimismo. Vox amenaza con rendir sus armas en otra batalla, como si el presente y el futuro de los españoles no mereciese siquiera la merced del intento. Grave error, entiendo. Los caminos de la política son como las calzadas romanas: agrestes, exigentes, peligrosas; pero en las que siempre espera un destino a quien persevera en la marcha. Alguno podría entender que el pacto propuesto tendría la misma lealtad que el cerrado por Sulpicio Galba con los lusitanos hace más de dos mil años, a quienes después de convenir al acuerdo y una vez desarmados eliminó sin la menor compasión. Pero también en la voluntad de intentarlo están la virtud y la razón política; y, en todo caso, nunca tan crueles serían las consecuencias.

Estamos en el peor momento de nuestra historia, desde la desdichada Guerra Civil. Miles de familias lloran la pérdida de sus seres queridos, en un llanto que a todos nos alcanza; millones de personas sienten que se encoge su alma cuando advierten las dificultades del incierto camino que se abre ante sus vidas. Inquietud inmensa que a todos atrapa en un bosque infinito de dificultades y miedos. Son por ello tiempos de generosidad, capacidad y esfuerzo; de mano abierto tendida y de firme pulso en la acción, más de escuchar que de oír, más de ofrecer que exigir, más de aportar que rehuir. En definitiva, más de sumar que restar. Y sin más doctrinas políticas que aquellas que ofrecen una solución sensata, razonable y ajustada al enorme problema que tenemos delante. Los experimentos, en casa, con jardín o sin jardín, pero nunca comprometiendo todavía más una tranquilidad social ya descompuesta por este maldito virus.

Tienen los actores políticos la mejor oportunidad para demostrar su altura, también su capacidad de mejorar la sociedad ante la que se han postulado como autorizados gestores. De ellos, depende. Se lo deben a este gran país, pero sobre todo a esas más de veinte mil personas que han perdido la vida, cubriéndonos a todos de un imborrable luto.

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