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Una mamá funambulista en tiempos de pandemia

El temor al impacto que esta crisis pueda causar en los hijos se suma a las dificultades para conciliar la atención con el trabajo y los miedos

Qué bonito sería decirle que es solo un cuento. Que las cosas que pasan ahí fuera ocurren muy lejos. Qué bonito sería engañarle matándole a besos. Pero ahora mis brazos son solo otros brazos con miedo. Es parte de la letra de una canción del grupo Funambulista, interpretada junto a Dani Martín. El tema Me inventaré no figura entre las melodías que ponen banda sonora a esta pesadilla. Es de 2017, pero a mí me parece perfecta para encerrar en una canción los sentimientos que afloran en una madre o en un padre cuando observa a sus hijos jugar despreocupados en medio de una guerra de la que también ellos son víctimas. Qué bonito sería decirle que es solo un juego. Y evitarle la falta de luz que provoca el invierno. Ayudarle a subir a la Luna aunque sé que no debo. Aquí abajo te espero sentado por si va mal tu vuelo.

Cada mañana nos levantamos del mismo modo. Hay que engañar a la macabra rutina que se ha instalado desde mediados de marzo, convenciéndola de que es un día completamente normal. Sin embargo, tras los mimos de buenos días y la insistente petición de un desayuno en la cama, llega el momento de enfrentar la ventana. Al otro lado está el parque. " ¡Mamá! ¡Ya podemos salir! Mira, la policía ya mató al virus. ¡Podemos salir al parque!". Y ahí está. El instante de tragar bilis, de digerir la angustia y mantener las lágrimas a raya para esbozar una sonrisa conciliadora. Primero toca explicar a este niño, que aun no ha cumplido tres años, que la policía no mata a nadie. Luego, la dificultad de hacerle entender que, aunque no lo vea, el maldito coronavirus está ahí fuera, robándole a él, a su hermana y a todos nosotros, los días de sol, esperando con el cuchillo entre los dientes a que respires más libertad o convivencia de la cuenta para sumarte a su lista.

Me inventaré que hasta los malos son buenos. Que habrá verano en enero y que la última lluvia es esta que moja tu piel. Me inventaré, para salvarte del miedo, estrellas para tu cielo y que no pinten de negro tus sueños al oscurecer. El estribillo de esta hermosa canción resume lo que viene después. Los planes para cuando todo se acabe, cuando volvamos a ser libres para disfrutar de una vida que antes parece que no veíamos, porque no podíamos ni imaginar que una pandemia rompería esa especie de ensoñación cotidiana para hacernos vivir una pesadilla.

Cuando Alejandro y Sofía se contentan con todo lo que haremos cuando volvamos a ser los de antes, cuando el coronavirus se vaya por donde ha venido, toca empezar nuestra nueva rutina. La de un día a día en el que mamá y papá siguen trabajando mañana y tarde, aunque ahora puedan hacerlo en chándal y sin moverse de casa. Están cerca, pero inevitablemente siguen estando lejos. Qué bonito sería decirle que aquí no hay misterio. Que la vida va en broma que no hay que tomársela en serio. Qué bonito que fuera real aunque solo sea un verso. Y que no hiciera falta inventarse este estúpido cuento.

En guerra

La primera vez que lo escuché entendí que estamos en guerra. La Policía Local de A Estrada colocó en su coche un altavoz a través del que pide a la gente que no transite por las calles innecesariamente, que corran a sus casas. No he salido de mi piso desde el día en que se anunció el cese de la actividad escolar, el 12 de marzo. Los primeros días fueron duros. Hubo que acostumbrarse al teletrabajo a jornada partida, conciliándola -¿se puede llamar así?- con dos niños de dos y seis años confinados. La cosa empezó a mejorar cuando también su padre logró quedarse a trabajar desde casa al menos algunos días a la semana. Un respiro, sin duda. Ahora soy yo la que se siente funambulista. Caminando cada jornada por una cuerda floja, tratando de mantener el equilibrio para que parezca que todo es normal, buscando no caer hacia el lado de la desesperación.

"¿Hoy libras?". Aquí llega otro momento que sé que oscurecerá esos ojos anhelantes. Que nadie se engañe. Cuando uno teletrabaja, viste más cómodo pero trabaja más, en especial quien se confiesa marcado a fuego desde pequeño por el hierro de la responsabilidad. Así que, al final del día, en ese momento en el que se hace un balance exprés de la jornada, una se va a la cama con la culpa. Tendría que haberlos disfrutado más, enfadarme un poco menos por sus interrupciones o tratar de parecerme más a esas madres que comparten en redes sociales vídeos haciendo experimentos o galletas. Con los primeros podría apañarme, para las segundas no tengo remedio.

¿Verán la tele en exceso? ¿Debería prohibirles esa tablet que tanto respiro me da? ¿Se enfermarán por falta de sol? ¿Debería reforzarlos más para cuando vuelvan al cole? Nunca como ahora sentí tan aplastantes esas preocupaciones de la maternidad. Nunca me vi tan torpe. A menudo me pregunto si me pasa a mí sola y me consuelo en que no, en que más padres tienen que sentirse igual. Al fin y al cabo, para esta situación nadie ha podido entrenar y, cuando una se pasa el día haciendo equilibrios, de vez en cuando tiene que caerse.

Todo el mundo sabe

Culparse es fácil. Lees cómo puede afectar a los niños este encierro. Lo que deberían comer, el ejercicio que tendrían que hacer o hasta a qué hora deberían levantarse. Examen de conciencia: difícilmente llego al cinco. Cuando mi fantasía se imagina a todos los expertos que reparten recomendaciones estos días con el dedo levantado en señal de recriminación, crece mi espíritu rebelde. Y ya no hay marcha atrás. Me declaro una madre que improvisa en cuarentena. Que de cuando en vez tiene que darle salchichas con puré de patata -de bolsa, sí de bolsa- a sus hijos porque no tiene tiempo para cocinar a fuego lento el menú equilibrado que debería prepararles. Que les deja trasnochar y levantarse un poco más tarde por la mañana, pero también que en sus días libres les pone el bañador y se inventa para ellos una playa en la que puedan absorber toda la energía del sol que entra por la ventana de su habitación; que se convierte en profesora y les enseña sobre cosas que a ellos les interesa descubrir aunque no estén en su programación o que monta una improvisada compañía de teatro -Teatro do Confinamento, la hemos bautizado- para enviar vídeos a los primos y abuelos buscando que el aplauso de su público incondicional les anime. También la que coge la batuta de una orquesta repleta de instrumentos de juguete sin tener la más mínima idea de música o la que archiva fotos, apuntes y vídeos para que algún día puedan recordar cómo vivieron este difícil momento histórico.

Ahora se presenta el momento de empezar a salir a la calle. La desescalada, lo llaman. Y aunque llevamos más de un mes en este micromundo, salir plantea muchas dudas. ¿Cómo explicarles que pueden pasear a solo unos metros de su casa? ¿Cómo decirles que el parque que ven desde la ventana les sigue vetado y cómo prohibirles que corran a abrazar a esos amigos a los que echan de menos? No sé si llamarlo egoísmo, insensatez o sentido común, pero después de todo este tiempo, diez días más no me parece tanto tiempo para que cuando mis hijos salgan a la calle la vida les parezca más o menos normal, para no tener la impresión de que saco a pasear a un perro que jamás encerraría en un piso.

Así que no. He decidido no sentirme culpable por no ser un modelo maternal de conducta durante un confinamiento del que, si tenemos la suerte de salir indemnes, me llevo tres grandes elecciones. La primera: mi vida cotidiana es maravillosa con todas sus imperfecciones, como lo son la mayoría de las vuestras si las miráis bajo la lupa de la pandemia. Segunda: es el momento de empezar a ahorrar para poder algún día tener un refugio rural. Y la más importante: no soy una madre perfecta, pero sí saldré de esta como una funambulista curtida, como alguien que se inventa un cuento para que la luz que tanto añoramos no les deje ver nunca a mis hijos con sus ojos de inocencia la oscuridad de estos días. Todavía me voy a caer más de una vez en lo que queda de encierro. Creo que lo importante es aprender a levantarme porque en la vida pocas veces hay red de seguridad.

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