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Escambullado no abisal

Ha habido un muerto

Antes o después, si vivimos lo suficiente, perdemos el paso de la realidad. Con los años se reduce la plasticidad sináptica del cerebro. Se ralentiza nuestra capacidad de aprendizaje. El mundo, en cambio, jamás deja de acelerar. El desarrollo tecnológico impulsa cambios mentales y sociales. Las fracturas generacionales se suceden vertiginosamente. Es como si cada año se inventase la escritura. Y yo he empezado a sentirme como el anciano sumerio que se marea ante ese potaje indescifrable de signos cuneiformes que sus vecinos más jóvenes graban sobre tablillas de arcilla; exactamente como un periodista deportivo vigués de 45 años ante una partida de League of Legends.

Recuerdo mi primer teléfono móvil; un objeto contundente que servía igual para hablar que para asesinar. Recuerdo el parloteo del módem al conectarse y el descubrimiento de internet, territorio ignoto habitado por dragones. La memoria y el archivo personal eran un valioso patrimonio antes de Wikipedia. Recuerdo, en general, que en periodismo todo se cocía a fuego lento y se masticaba bien.

Es la rapidez que la técnica propicia lo que nos ha cambiado. En prensa escrita nos examinábamos cada mañana contra la competencia, en una carrera de 24 horas de duración. Ahora la batalla informativa se dirime en cada segundo. Dudas, pretendes contrastar con otras fuentes y tu noticia ha caducado. Un estrés difícil de gestionar.

Me enseñaron a titular con los elementos esenciales y hoy se piden interrogantes que se puedan lanzar como cebo a las redes sociales. Aprendí que la objetividad, aunque no existe como valor absoluto, es el horizonte que se debe perseguir; que la voz propia debe administrarse en función del género periodístico, conteniéndola en el relato estricto de los hechos. Pero el adjetivo asola al verbo en este tiempo enloquecido.

Los medios de comunicación siempre han sido empresas con intereses económicos e ideológicos. "Usted ponga los dibujos; yo pondré la guerra", cuentan que le dijo William Randolph Hearst al artista Frederic Remington, al que había enviado a Cuba, cuando este le relató la tranquilidad que se vivía en la isla. No es que nuestra ética haya empeorado. Se ha reducido el coste y ha aumentado la grosería. "Manca finezza", como decía Andreotti de la política española. Ya nadie necesita corresponsales. Basta esa "fake new" cuya viralización jamás podrá neutralizar completamente el desmentido.

Quizá sea mejor, en suma, que los medios proclamen abiertamente su adscripción política. La mayoría de sus clientes desean el refuerzo de sus prejuicios. El precio es la renuncia a cualquier tipo de autoridad moral. Yo añoro figuras como la de Chaves Nogales en los años treinta; "hombre justo que no se casaba con nadie", lo ha definido Muñoz Molina. A Chaves Nogales le congelaron el corazón las dos Españas, que hoy vuelven a enfrentarse a cuenta de la pandemia. Y cada España reclama a sus propios periodistas de trinchera.

Este oficio sigue resultando necesario. Antes, para descubrir la verdad ante la ausencia de datos; ahora, para descubrir la verdad entre su exceso. Quizá no esa verdad bíblica, irrefutable, que rara vez existe, sino su complejidad y desde la mayor distancia emocional posible. Mathieu Dourelot, herido mientras contemplaba la revolución parisina de 1848, insistió en dictar la crónica del día: "Tres y media de la tarde. Una descarga de artillería ha provocado doce heridos y un muerto". "Ha habido heridos, pero no ha muerto nadie", le replicó su secretario. "Amigo mío, ha habido un muerto: yo", sentenció Dourelot, preciso hasta el final. Y minutos después expiró. Hoy es el periodismo el que agoniza.

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