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El morbo entronizado

Soy el siguiente del otro. Delante de mí, una rubia natural con los brazos al aire y camiseta pop y, antes de ésta, un señor calvo, bajo y regordete, con un chipirón gigante en la calva. Pienso, y no es para tanto, en platos precocinados, huevos de granja y queso sin grasa. Ya ingerí la pastilla para la tensión y le di de comer al perro.

Lo que nos sobra es tiempo para aburrir al mismísimo parchís y para salir a la ventana y saludar al vecino de enfrente, que no sé ni quién es; aún peor: no tiene ni idea de quien sea yo. Carretera por medio, todo un mundo de comunicación por ademanes, en la pequeña galaxia del mutis por el foro, de gentes embozadas como si fueras a atracarlas.

Atrincherados puertas adentro, es la guerra del dato repetido y la información del contagio comparado, geográfico, sobre la incidencia de la pandemia y el dichoso pico del "muy pendientes" que se muestra remiso a asomar. Espeluznante al modo de Poe o de las contraindicaciones del fármaco.

Se pretende acosar el dato estadístico, darlo como primicia oficial y puntual: la pandemia se propaga y, en esta coyuntura, los Gobiernos del orbe también son víctimas. Los hechos son constatables: del contagio no se libran ni los políticos, que son muchos y lógico es que les toque, en su amplia representación.

De un aspecto al otro: de ganchete con la crisis, se desbordan los panegíricos hacia el personal sanitario (ése que está en primera línea de riesgo, ése no tan querido hace bien poco), en el que se deposita, en este episodio, el frenesí del milagro. Como si su poder remediador hubiese escaseado en el día a día. Como si el sistema nada tuviese que ver con las carencias observadas y, en su medida, costeadas por el profesional.

Sin recurrir al refranero: el virus entronizado ha hecho bastante más que las sucesivas convocatorias, meramente enunciativas, meramente protocolarias, por rebajar la contaminación del planeta, que se toma un respiro.

Se diría broma la bravata de Trump: "América primero". Y de extrapolar conclusiones porque lidere en el mundo el número de contagios y tenga que afrontarlo como el resto de países segundones, en una crisis ecuménica que ha conseguido aplazar las Olimpiadas y competiciones menores, porque no se trata, en este momento, de hacer juegos malabares.

Reconsideremos si nuestra sanidad pública era tan censurable antes como hoy magnífica. De aquella, cuando se vendía la vaca para sufragar una enfermedad; de ésta, cuando nos confesamos devotos de sus prestaciones.

Me calzo los guantes para proveerme de chirimoyas y ajos puerros, que no es cuestión de llenar líneas por ajustarme al formato. Tengamos presente el contraste para traducirlo en actitudes.

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