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Escambullado no abisal

Gmork y Fújur

De pequeño temía que alguien quisiese comerme los hígados por una frase al vuelo en Estudio 1. No he logrado encontrar en qué obra de teatro se profería esa intimidación. Recuerdo vagamente al personaje, gordo, bigotudo y sudoroso, en camiseta de sisas, blandiendo un cuchillo en la cara de un niño. Quizá he deformado la escena. El desasosiego, sin embargo, se me sigue agarrando a las tripas. Nos sucedía con aquellas películas de terror, sus dos rombos, que espiábamos desde el pasillo, en la penumbra. Una mezcla de atracción y repulsión nos obligaba a sostener la mirada de Christopher Lee y Vincent Price, de quienes después nos protegeríamos tapándonos hasta la cabeza. Yo me aferraba con fuerza a la colcha, envasándome al vacío, si oía al niño vampiro de Salem's Lot rascando mi ventana. Cualquier mal podía conjurarse así, cerrando los ojos.

Cada generación convive con sus miedos, reales o ficticios: el sacamantecas, el hombre del saco, el coco, la mayoría de ellos empeñados en que durmiésemos o nos comiésemos la sopa. Los cuentos compendian infanticidios, mutilaciones y engendros, luego dulcificados por Disney. Las hermanastras de Cenicienta se sajaban el talón, la sirenita se moría de tristeza y la bruja de Hansel y Gretel ardía entre aullidos en el horno. A Pulgarcito y sus hermanos los abandonaban en el bosque sus padres por no poder alimentarlos. El hambre fue una amenaza cierta para los nuestros, en época de cartilla de racionamiento, café de achicoria y aceite de ricino, igual que el cataclismo nuclear durante décadas. Cada angustia ha dejado su cicatriz.

Nuestros mayores también sufrían de polio, raquitismo y tiña. Se morían de gripe y fiebres tifoideas. Nosotros, en nuestras lecturas juveniles, llorábamos cuando la escarlatina consumía a Beth en Mujercitas y suspirábamos aliviados cuando las bacterias frenaban a los marcianos en La guerra de los mundos. Ya no tuvimos que resignarnos en "en este valle de lágrimas" ni heredamos el nombre del hermano fallecido. Hemos crecido sanos, vigorosos e inmortales.

Miro a mi hija pequeña y me pregunto qué marcas le dejará el confinamiento. Ella y sus amigos promulgaron el estado de alarma mucho antes que el Gobierno, en los corrillos del patio. No sé si su generación compartirá una memoria común. Les supongo una confusión de sentimientos: la extraña alegría de ver a papá y mamá siempre en casa, la fiesta de los balcones y la añoranza del parque; también el pánico intuido o presentido en sus adultos. Serán vástagos igualmente del tiempo que vendrá.

Es difícil dibujarle a un niño la nada aunque sea nuestra más íntima patria, de la que venimos y a la que nos encaminamos. Ese virus que nos está arrebatando a tantos seres amados y la crisis que destruirá empleos y vidas son la Nada de La historia interminable; devora Fantasía porque "los hombres han empezado a perder sus esperanzas y a olvidar sus sueños", explicaba el hombre-lobo Gmork, su hechura, a Atreyu. Me gustaría decirle a mi hija que tampoco la Nada podrá herirla si se tapa bien. "Cuando despiertes, cabalgarás sobre el lomo blanco de Fújur, el dragón de la suerte", le susurro cuando ya se ha dormido. Lo que cuenta es cómo combata su padre, todos los padres, contra los monstruos que acechan al otro lado de la colcha.

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