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Escambullado no abisal

Asintomáticos

Como buen hipocondriaco, he sobrevivido ya a media docena de enfermedades mortales totalmente inventadas. Ahora me noto cierta febrícula un par de veces al día. Juraría que me falta el aire. En realidad, no padezco ningún síntoma y es lo que más me preocupa. Como buen hipocondriaco, estoy totalmente convencido de que soy un enfermo asintomático.

El ser humano necesita identificar con claridad el peligro. Lo exige en sus convenciones. A los comandos infiltrados que dirigía Otto Skorzeny en las Ardenas, vestidos con uniformes aliados, los fusilaban de forma sumaria si los capturaban. Por alemanes asintomáticos. Al chaquetero se le desprecia desde las Guerras de Religión de Francia, cuando muchos soldados ocultaban los colores enemigos en el forro de su casaca. Le daban la vuelta en caso de necesidad y surgían limpios a ojos de los hombres y de ese Dios ya católico, ya hugonote, tan airado como confuso. En ocasiones a las ideologías más opuestas solo las separa una sencilla tela.

"Matadlos a todos, pues Dios ya conoce a los suyos", ordenó Arnaud Amaury, legado papal, cuando cayó Beziers en la cruzada contra los cátaros. Es el método que algunos están empleando en la fiscalización del vecino. Gente que chilla desde la ventana y desde las redes sociales o que se enfurece ante la más pequeña transgresión, delatores del que no sale a aplaudir, vigías cívicos transformados en kapos de balcón y cola de supermercado. Empezaron abroncando al runner y han acabado reclamándole al padre cuyo niño autista necesita su paseo. En el sano intento de concienciar al prójimo los equivocó su celo jacobino. Toda buena intención puede siempre retorcerse si carece de dudas.

Los soldados de Trujillo llevaban una ramita de perejil cuando patrullaban la frontera cazando haitianos. Al que no pronunciase bien la palabra, difícil en créole haïtien, lo asesinaban. Algún dominicano trabado habrá acabado en el Masacre, apropiadamente el río al que arrojaban los cuerpos. Tampoco nosotros parecemos necesitar más prueba que un poquito de perejil para distinguir al mal ciudadano. Y es seguramente la vergüenza del converso. ¿Quién no ha pecado en alguna distracción? ¿Quién no minusvaloró el peligro, al menos en los primeros días?

En "La invasión de los ultracuerpos", la versión de 1978, los parásitos extraterrestres sustituyen a los humanos replicando sus cuerpos en vainas. Siendo físicamente indistinguibles, la sospecha se extiende a la vez que la plaga. La película concluye con la emblemática imagen del personaje encarnado por Donald Sutherland señalando a una antigua amiga y emitiendo un grito gutural. No solo ha sido reemplazado; certifica con su dedo acusador que es el ser humano el que se ha convertido en intruso. Ese yo totalitario e impiadoso nos acecha, asintomático, en su vaina.

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