08 de marzo de 2020
08.03.2020
el correo americano

Bernie Sanders y la tradición política estadounidense

08.03.2020 | 03:09
Bernie Sanders y la tradición política estadounidense

En octubre de 2015, cuando la candidatura de Bernie Sanders, con su "socialismo democrático" y su "revolución pacífica", comenzaba a parecerse cada vez más al movimiento político que ahora conocemos, debido al éxito que estaba cosechando entre los jóvenes y la ilusión que despertaba en el sector más izquierdista del Partido Demócrata, el historiador Eric Foner, desde las páginas de la revista progresista "The Nation", aconsejó al senador de Vermont que dejara de hablar de Dinamarca e hiciera suya la tradición del radicalismo estadounidense. Que, en lugar de recurrir a los países escandinavos, incluyera en sus discursos citas de Thomas Paine, cuyos ensayos inspiraron a los soldados del ejército continental durante la Guerra de la independencia, o de abolicionistas como Frederick Douglass y Abby Kelley, quienes hicieron grandes esfuerzos para que los dos grandes partidos, rompiendo la "conspiración del silencio", empezaran a tratar en serio el asunto de la esclavitud, lo cual condujo finalmente a la emancipación proclamada por Abraham Lincoln; y que reivindicara, en definitiva, a los legítimos precursores, se llamaran a sí mismos socialistas, como Eugene V. Debs (que obtuvo casi un millón de votos en las elecciones de 1920, aun estando en la cárcel por oponerse a la Primera Guerra Mundial), o evitaran ser identificados de ese modo, como Franklin D. Roosevelt, a pesar de que las políticas redistributivas e intervencionistas que este presidente impulsó (New Deal) podrían ubicarse en dicha doctrina ideológica.

Sanders, un mes después, siguiendo las recomendaciones del historiador, quiso explicar "con claridad" en la Universidad de Georgetown lo que él entendía por "socialismo democrático" y, además de ensalzar a Roosevelt, citó al presidente Lyndon Johnson y al Papa Francisco, recordando unas palabras pronunciadas por Martin Luther King en 1968, cuando el líder de los derechos civiles dijo que "en este país hay socialismo para los ricos e individualismo para los pobres". Habló de Medicare y Medicaid (asistencia sanitaria), la Seguridad Social (plan de jubilación), el seguro de desempleo, la jornada laboral de ocho horas y abolición del trabajo infantil. Programas gubernamentales y derechos que se establecieron y adquirieron en diferentes periodos de la historia y que, en su momento, también fueron calificados como "socialistas". Y aclaró: "No creo que el gobierno tenga que expropiar la tienda de ultramarinos de la esquina, ni ser el propietario de los medios de producción". Eric Foner le había hecho aquella amistosa recomendación ("como admirador") para que se desprendiera de una etiqueta que, como hemos podido comprobar el pasado Supermartes tras la insospechada resurrección de Joe Biden (gracias, en gran medida, a los múltiples y entusiastas apoyos que recibió de otros candidatos), todavía arrastra hoy la campaña de Sanders: la idea de que su proyecto político es importado, tanto si proviene del "paraíso escandinavo" como del "infierno venezolano", o, como se ha insinuado desde algunos medios de comunicación, tiene sus orígenes en la Unión Soviética.

Lo cierto es que las propuestas socialdemócratas de Bernie Sanders, aplicadas habitualmente en los países europeos, han alcanzado un nivel de popularidad impensable hace tan solo unos años en Estados Unidos y que, más allá de la retórica (el 1% contra el 99%, el pueblo contra las oligarquías y Wall Street), con ellas se pretende corregir los desmanes del capitalismo, no eliminarlo por completo. Sin embargo, según las últimas encuestas, del mismo modo que la popularidad personal del senador ha aumentado en los últimos años, la palabra "socialismo" todavía conserva su histórico estigma en la cultura política del país (un 58% de los ciudadanos se posiciona en contra, frente a un 28% que se posiciona a favor). Foner tenía razón al recomendarle a Sanders que empleara más referencias nacionales para exponer su ideología. El problema es que esas referencias (reformismo o "capitalismo moral", socialismo, abolicionismo, sindicalismo, etc.) forman parte de tradiciones políticas distintas, a veces coincidentes y a veces enfrentadas.

Sanders, que no pertenecía al Partido Demócrata, puede que quiera hacer de Roosevelt, pero, a los ojos de algunos ciudadanos, se parece más a Eugene V. Debs; ahora representa al Partido Demócrata, pero, para algunos miembros de esta formación política, actúa como un outsider que desea promover el argumentario del Partido Socialista utilizando una plataforma ajena. El mayor triunfo del senador sería fusionar, mediante esta nueva coalición "multirracial" y "multigeneracional", todas esas tradiciones bajo las mismas siglas: una refundación del partido. Algunos piensan que, aunque pierda contra Biden, ya lo ha conseguido, pues las demandas de su movimiento tendrán que ser tenidas en cuenta en la convención de Milwaukee. En cuyo caso se confirmaría, de una manera inevitablemente melancólica, la tesis del filósofo polaco Leszek Kolakowski: "La fraternidad es desastrosa como programa político, pero indispensable como principio orientador".

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