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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La incertidumbre

A estas horas, visto lo que hay -y ya ni se diga lo que podría haber- a poco que se analice esa cuestión desde la estricta óptica del sistema, resulta razonable el consejo que casi todos envían para tener cuidado extremo con las palabras. De tal modo que emplear algunas -temor, miedo y similares- podría ser tenido por manifiesta irresponsabilidad aunque el uso no estuviese equivocado. Y no sólo para referirse, quien lo haga, al coronavirus sino para situaciones graves que, como el paro, afectan -y no se trata de comparar- también a personas. Sobre todo a las jóvenes.

Seguramente conviene, antes de proseguir, especificar que no se trata de establecer una clasificación de males, y menos aún de clasificarlos en función de las edades. Sí, en cambio, de insistir en que tampoco es útil fijarse en la circunstancia: resulta evidente que una crisis sanitaria -sobre todo con las incógnitas que abre la propia OMS con sus comunicados-, produce una sensación de temor que puede llegar a la histeria colectiva. Pero no ha de olvidarse que otras, verbigratia las de tipo laboral, llevan la angustia a segmentos sociales especialmente sensibles.

Véase, si no, el gravísimo problema del paro en España, y ya ni se diga el juvenil. Una noticia de FARO conduce de lleno a la reflexión e incluso a relacionarla con aquellos factores citados de temor, miedo, etcétera. Porque dice que la probabilidad de conseguir un primer empleo entre los jóvenes es ahora mismo en Galicia de un 8,9 por ciento. Y si eso no es para echarse a temblar, habrá que ver para qué; desde luego, no para que puedan dormir tranquilos la mayor parte de los afectados. Y de sus familias también, a poco que todos tengan la cabeza en su sitio.

(Es un hecho cierto, y lo denuncian con insistencia sobre todo los colectivos de personas de mediana edad que perdieron sus empleos durante la crisis y que no sólo no los recuperan, sino ni siquiera encuentran otros. Añaden que los empresarios -y los gobiernos- apenas atiendes a esos trabajadores, y eso es muy cierto y muy malo. Lo peor es que, a pesar de la palabrería oficial, tampoco desgastan su imaginación en buscar soluciones ni para unos ni para otros. Siguen con la política de subvenciones a pesar de que las cifras del INEM prueban su ineficacia, y punto pelota).

Sin pretensión alguna de provocar alarma, no parece repugnar a la recta razón que se pregunte sobre los motivos -aparte los obvios, por supuesto- que llevan a las Administraciones Públicas a volcarse para resolver con eficacia asuntos de indudable afección colectiva y en otros, a pesar de que las cifras señalan enormes daños directos y colaterales -como el paro-, actúan con menor índice de aciertos y, aparte las proclamas y buenas intenciones, no son capaces de hallar siquiera un remedio paliativo que, si no cura la enfermedad social del desempleo, al menos proporcione un alivio. Y procede insistir en que no se trata de comparar males: sólo las respuestas que se dan a unos y a otros.

¿Eh??

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