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Luis M. Alonso.

En la mesa no están todos

Pedro Sánchez, en un ejercicio de coraje político pero con cuidado de no molestar, ha pedido a los independentistas catalanes que reconozcan que hay una parte, al menos igual que la que ellos encarnan, que no comulga con la independencia ni con la deriva unilateral del soberanismo. Esa parte, sin embargo, se encuentra ausente de la famosa mesa de negociación que ayer se presentó en la Moncloa con toda pompa y circunstancia. Los separatistas, en cambio, no se han cortado e incorporan a ella a objetos voladores identificados en el procés que no figuran en ningún gobierno y tampoco representan, por tanto, a nadie en Cataluña salvo a sus creencias en buena medida excluyentes y supremacistas.

Y lo están porque Sánchez no ha querido impedirlo, como una concesión más a los interlocutores con los que tiene que aprobar el techo del gasto como primer paso para sacar adelante los presupuestos generales del Estado, cuya cristalización depende por primera vez en la historia de este país de los enemigos del propio Estado. Sí, lo sabemos, resulta algo surrealista pero es así. El ardid político, por una parte, y las urnas, por otra, nos han llevado a esta situación endemoniada y ahora es necesario afrontarla con cabeza y templanza, confiando en que la persona que utilizó las añagazas para sus fines tenga el cuajo o quiera seguir recurriendo a ellas para sacar al país del atolladero en que lo ha metido. Pero con el temor razonable de que también pueda suceder lo contrario.

A estas horas, sin que nada haya cambiado, Torra sigue exigiendo el derecho de autodeterminación y la aministía para los golpistas. Puigdemont maneja los hilos del muñeco diabólico y Mas, con él empezó todo, se ha sumado de nuevo al repetitivo orfeón de la demencia.

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