23 de febrero de 2020
23.02.2020
HISTORIA

La lucha por el trabajo en tramos del ferrocarril provoca duros enfrentamientos

23.02.2020 | 02:49
Casa consistorial de Allariz, en una postal antigua.

Ante la suspensión de las obras del ferrocarril, El Pueblo Gallego advertía sobre los obreros en paro forzoso: "Es ingenuo creer que se quedarían en el campo, porque Galicia mantiene pocos obreros agrícolas como no sean a su vez pequeños propietarios; el asalariado del campo no puede vivir en nuestra región a causa de la división de la propiedad (?). Esos obreros caerían inexorablemente sobre las ciudades y el conflicto en éstas sería pavoroso para las autoridades y para la economía local".

Esto explica que las sociedades y sindicatos rechazasen mayoritariamente el subsidio a los parados -se hablaba de unas tres pesetas diarias- que proponía Indalecio Prieto, a pesar de que su cuantía podía resultar muy interesante para esos "peones" vinculados a la tierra pero que en nada resolvía la situación de los obreros especializados. Los de la comarca del Ulla, por ejemplo, llegaron a hacer entrega de un escrito al alcalde de Santiago en el que, entre otras cosas, se señalaba que la suspensión de las obras había dejado sin trabajo a 12.000 obreros "y éstos no admiten el subsidio, que es humillante, y fomenta la vagancia, sino que quieren ganarse el pan con su trabajo, trabajo que es fecundo para la región y, por ende, para la Patria".

Establecida esta diferencia, a nadie sorprenderá que los carrilanos se convirtiesen en uno de los grupos sociales más activos -quizá sólo por detrás de los retornados americanos- a la hora de hacer llegar a las aldeas por las que pasaban las ideas avanzadas que invaden el rural desde los estertores de la dictadura de Primo de Rivera. Tampoco que los sectores conservadores los responsabilizasen de ser los principales "envenenadores de la conciencia de las masas labriegas". Una imagen que no se aleja del todo de la realidad, si la despojamos, como es obvio, de sus connotaciones clasistas y dejamos de ver en sus agentes a emponzoñadores de la razón y los contemplamos como agentes principalísimos de la movilización. Y también, si no caemos en el error de hacer de ellos empresarios políticos vinculados en exclusiva a partidos o sindicatos de significación izquierdista, olvidando cuántos se prestaron, por iniciativa propia o las más de las veces a sueldo de contratistas de los diferentes tramos, a impulsar sociedades de naturaleza más o menos amarilla o, incluso, a inspirar la creación de secciones locales vinculadas a las Juventudes de Acción Popular (JAP) o a Falange en los conflictivos tiempos del Frente Popular.

Acudamos ahora a uno de esos espacios micro que nos permitan desvelar la complejidad de estos multiformes contextos. El ayuntamiento de Amoeiro fue zona propicia para la movilización agraria acaudillada por Basilio Álvarez desde finales de la primera década del pasado siglo XX. En tales luchas se forjó Castor Sánchez Martínez, un cantero que acabaría emigrando a Francia para retornar tiempo después a su Parada natal y timonear la conversión de las antiguas sociedades agrarias en sindicatos de campesinos y oficios varios más acordes a la realidad política y social de los nuevos tiempos. En 1927 consigue vincularlos a UGT a la vez que comienzan sus colaboraciones en La Zarpa y La República, donde da muestras de una profunda preocupación por las condiciones de trabajo de los obreros del ferrocarril. Afiliado al PSOE desde tres lustros atrás, pactó con uno de los principales dominadores de la vida política local, Antonio Miranda, su entrada en la corporación acompañado de otros dos compañeros en las elecciones del 12 de abril de 1931. El cambio de régimen y la consiguiente repetición de los comicios, permitió su elección como alcalde al frente de un conglomerado dominado por republicanos y socialistas.

La alcaldía, su relativa prudencia inicial, el control que ejerce de la sociedad de Parada y su condición de pequeño intermediario en la contratación de caminos -y, por consiguiente, de oferente de empleos- le permite incrementar considerablemente sus bases de poder durante el primer bienio. A costa, eso sí, de enajenarse el apoyo de los sectores más izquierdistas, encabezados por el concejal y futuro diputado provincial comunista Francisco Dopazo Rodríguez, y de ganarse la enemistad de los conservadores.

La lucha por el trabajo en los tramos del ferrocarril y en las obras de construcción de caminos impulsadas desde el municipio está en el trasfondo de buena parte de estos enfrentamientos, por lo que conviene documentar cuáles eran las bases por las que se regía aquél. Ciertos elementos pretendían hacer valer un acuerdo tácito entre las sociedades y los vecinos que hacía extensiva la Ley de Términos Municipales a nivel parroquial, de suerte que cuando las obras públicas se desarrollaban dentro de los límites de una parroquia entraban a trabajar los vecinos de ésta y salían los de la anterior. Naturalmente esto favorecía la multiplicación de sociedades, que eran las encargadas de gestionar el reparto del trabajo excepto entre los carrilanos a los que ya nos hemos referido. La sindicación era, en la práctica, obligatoria debido a los mecanismos de presión empleados por los líderes de estas sociedades contra los obreros que se resistían al encuadramiento y contra los patrones que los contrataban.

A pesar de estas fórmulas de gestión del trabajo, lo cierto es que éste resultaba un bien escaso al superar ampliamente la demanda a la oferta disponible. De hecho, las fuentes permiten colegir que una práctica muy frecuente -en particular en el ferrocarril- era que cada obrero trabajara en las obras un número determinado de días por la semana o, más frecuentemente, una serie de jornadas consecutivas para luego dar paso a otro vecino. Esta práctica multiplicaba la capacidad de influencia de estos líderes obreros y campesinos sobre sus vecinos con relación al número de empleos reales que podían gestionar gracias a los importantes niveles de rotación. Por eso se entenderá fácilmente la importancia creciente que van a adquirir para los sectores izquierdistas a la hora de asaltar o, en su caso, conservar el poder local. Y también el florecimiento de estas sociedades y sindicatos, que siguen empleando la parroquia como marco geográfico de referencia. En el caso que nos ocupa, además de la vinculada al alcalde y a UGT, los sectores conservadores -clero local y contratistas incluidos- alentaron la creación de otra que afiliaron a Acción Popular Agraria, la formación matriz de la CEDA en la provincia, en la misma parroquia de Parada. Y en la rayana de Amoeiro, otro tanto hicieron los comunistas con el Sindicato de Oficios Varios, que incluso consiguió reclutar a vecinos de la anterior que no habían conseguido encontrar empleo por mediación del alcalde.

El 23 de agosto de 1934, afiliados de ambas sociedades se enfrentaron en una auténtica batalla campal cuando los de Santa María de Amoeiro exigieron sustituir a los de Parada en las obras de una carretera que había traspasado los límites de su parroquia. La mayoría ya habían sido excluidos de los trabajos en el camino de hierro. La Guardia Civil practicó numerosas detenciones, muchos de los participantes fueron encausados por los tribunales de guerra o por la jurisdicción ordinaria y el gobernador civil, perteneciente al Partido Radical, aprovechó la coyuntura para destituir al alcalde y decretar su destierro a la vez que disponía la clausura de las sociedades obreras de signo izquierdista.

La relativa unidad de acción lograda durante las huelgas del ferrocarril entre los diferentes sectores obreros allanó el camino para la colaboración entre socialistas y comunistas con ocasión del movimiento revolucionario de octubre de 1934. En la capital ourensana y en algunas de las principales villas de la provincia, la intentona no fue más allá de simples paros de solidaridad con los mineros asturianos, pero también se produjeron cortes en telégrafos y teléfonos y en algunas carreteras y puntos de la vía férrea. Hubo, sin embargo, contadas zonas en las que los sucesos adquirieron marcados tintes insurreccionales, como ocurrió en determinadas zonas del partido judicial de Allariz. Como en tantos otros ayuntamientos, todo comenzó con diferentes actos de sabotaje que culminaron con la detención de varios dirigentes y afiliados de sindicatos y sociedades de agricultores y oficios varios. Poco después, las pesquisas se extendieron a residentes en el municipio de Paderne, de fuerte presencia socialista, una vez que de los interrogatorios parecía desprenderse que las órdenes procedían de la Sociedad de Oficios Varios de Ousende, una de las más radicales de la provincia por la fuerte penetración de elementos socialistas y comunistas. Ésta, al igual que la Sociedad de Outeiro de Laxe (Allariz), gestionaba buena parte de la oferta de trabajo en las obras del ferrocarril de estos tramos. Sus dirigentes, que llegaron a recorrer la vía férrea hasta Vilar de Barrio -el principal núcleo de concentración de obreros de los tramos centrales del ferrocarril- haciendo llamamientos en favor de la insurrección obrera y campesina, fueron los principales impulsores de una recluta que consiguió reunir en torno a tres centenares de hombres en el Monte da Torre. Posiblemente convencidos en un principio del triunfo del movimiento en la capital, habrían pretendido hacerlos converger sobre Ourense para reforzar la huelga insurreccional, pero limitada ésta a un paro en los diferentes oficios y sectores de producción se decidió utilizarlos para un acto de fuerza que les permitiese incrementar su influencia en algunos ayuntamientos de la comarca, caso de Allariz, donde un nutrido grupo se concentró para exigir la reposición de unos concejales izquierdistas destituidos tiempo atrás.

La maniobra fracasó por la pronta y eficaz actuación de la Guardia Civil y por los escasos resultados obtenidos en algunas parroquias próximas, donde se esperaba que los dirigentes de las sociedades serían capaces de concentrar a numerosos afiliados en similares demostraciones que obligarían a las fuerzas del orden a distribuirse en varios frentes. Descartado este peligro, los guardias, reforzados con efectivos procedentes de otros puestos próximos, pusieron rápidamente en fuga a los concentrados practicando numerosas detenciones e incautándose de una bandera roja que abandonaron en su precipitada huida.

(*) Universidad de Vigo

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