08 de febrero de 2020
08.02.2020

La niña pionera

08.02.2020 | 00:58
La niña pionera

No alcanzo ya a recordar por qué razón, siendo yo niño, contaban conmigo en la emisora local de mi pueblo, Betanzos, para participar en el programa infantil que se emitía los jueves a primera hora de la tarde. Llegaba a la emisora minutos antes de comenzar la emisión; allí me recibía la pareja de locutores, Fifí y Carlines. Ella era sumamente afable, siempre alegre, siempre acogedora. Él era hombre de expresión seria, y oficiaba también de humorista, faceta en la que le tengo por precursor de la figura del cómico monologante, hoy tan de moda; hacía reír al público con historias de humor inteligente, muy gallego, sin necesidad de echar mano de recursos chabacanos de los que ahora se valen algunos para asegurarse la risa fácil de un público complaciente.

Nada más llegar, y con objeto de que me hiciese con la historia y sus personajes, me pasaban un libro de cuentos para que, antes de emitir, diese una primera lectura al que habían seleccionado. Cuando era mi turno, me sentaban en una pequeña mesa auxiliar con un micrófono, se encendía una luz roja y empezaba mi lectura. Y así, un jueves tras otro.

Pero un día ocurrió algo inesperado. Llaman a la puerta del estudio, y allí aparece, sola, una niña de mi edad, ocho o nueve años, de cara redonda: "Vengo a contar un cuento". Los locutores se deshacían en frases de buena acogida. "¡Qué bien! ¿Y qué cuento vas a contar?", le preguntaban; ella, siempre seria, segura de sí misma, convencida de que la historia habría de interesar a todos los niños, decía el título. Yo, entre el asombro y la extrañeza, con el recelo del que ve su territorio invadido y nublado su protagonismo, enmudecido, seguía atento la escena. Pero aquella espontánea de las ondas infantiles ni me miraba; iba a lo suyo. Cruzaba el estudio con una actitud un tanto hierática. La sentaban en "mi" mesa, frente a "mi" micrófono, anunciaban su intervención y entonces ella, sin papeles ni ayuda de libro alguno, contaba el cuento, un cuento aprendido, oído a su madre o leído tal vez en alguna parte. De ese modo, yo pasaba a ser un mero lector, no un contador de cuentos; ella echaba mano de su memoria y desparpajo narrativo, no precisaba de texto alguno; yo, sin embargo, narraba de prestado.

Al terminar, tal como había llegado se iba. Silenciosa e inalterable. Repitió su gesta alguna vez más: "Vengo a contar un cuento"; el resto ya es conocido, entrada en el estudio jaleada por los locutores, seria e indiferente, avanzaba hacia la mesa, soltaba el relato, y con la misma indiferencia abandonaba el estudio. A mí me ignoraba por completo.

La evoco ahora, con una sonrisa, como una pequeña pionera, precursora de la mujer moderna: decidida, segura, con iniciativa propia, conquistadora de su cuota, que, como aquella niña, avanza por la vida con paso firme, sabiendo lo que quiere y a dónde quiere llegar.

Pasados los años, ya en la edad adolescente, Teresa -así se llamaba- llegó a formar parte del grupo de chicas que hacía pandilla con nosotros, amigas de guateques y paseos por la plaza del pueblo. Entre risas, recordaba con ella aquellos episodios radiofónicos. Seguía siendo una chica resuelta y segura, de ideas claras. Se adivinaba en ella un cierto ascendiente sobre las otras muchachas; organizaba, decidía, conducía al grupo; había en ella madera y maneras de líder. Nosotros, los chicos, la apodábamos "Tereshkova", que era el nombre de la primera mujer que había viajado al espacio extraterrestre, de moda por aquellos días. Nuestro apelativo era afectuoso, en broma, sin otra connotación, pero, sin saberlo, acertábamos con la esencia.

La diáspora de aquel pequeño grupo de la adolescencia y la lejanía del tiempo y del espacio me impiden saber qué fue de aquella niña. La quiero imaginar rompiendo un círculo cerrado de hombres, plantándose allí en medio para hacerse oír: "Hola, vengo a contaros una historia. Escuchadme." Quién sabe; a lo mejor a aquella pujanza temprana y párvula no siguió igual vigor y poderío en la edad adulta y, al cabo, todo haya quedado en mera hechura infantil, en un destello evanescente y fugaz, como los cuentos breves que ella relataba de viva voz.

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